DESCUBRÍ EL SECRETO OSCURO DE LA SEÑORA DE LA MANSIÓN Y AHORA MI VIDA Y LA DE SU HIJO DEPENDEN DE UNA GRABACIÓN QUE ELLA CREE HABER DESTRUIDO

El instinto me gritó: No te metas, Maya. Date la vuelta. Si entras ahí, te van a correr y tu mamá se queda sin medicinas.

Pero luego escuché el golpe. Un ruido seco. Pum. Y el llanto de Noah se cortó de golpe, convirtiéndose en un gemido ahogado, como si le faltara el aire.

A la mierda el trabajo. A la mierda el protocolo.

Solté la bandeja sobre una consola de caoba —probablemente rayándola, y no me importó— y eché a correr. Mis zapatos de suela de goma chillaron contra el piso mientras me lanzaba hacia la puerta entreabierta de la habitación del bebé.

Lo que vi al cruzar el umbral se me va a quedar grabado en la retina hasta el día que me muera.

El cuarto era un paraíso de tonos pastel y juguetes importados, pero olía a infierno. Había un hedor químico, dulce y picante, mezclado con el olor metálico de la sangre.

Noah, el pequeño Noah de apenas un año, estaba tirado en la alfombra blanca de lana virgen. No se movía mucho. Estaba hecho un ovillo, temblando. Un hilo de sangre oscura y espesa bajaba desde su frente, cruzando su ceja y manchando esa alfombra impoluta.

Y de pie sobre él, como una gárgola enloquecida, estaba Camila.

Llevaba una bata de seda color champán que se le resbalaba por un hombro. Su cabello, usualmente perfecto de peluquería, estaba enmarañado, pegado a su frente por el sudor. Se balanceaba. Sus ojos… Dios mío, sus ojos. Estaban abiertos de par en par, pero no miraban nada. Las pupilas eran dos puntos negros inmensos que se comían el iris. Estaba ida. Completamente drogada.

A su lado, en el suelo, brillaba una jeringa vacía. Y sobre la mesita de noche, junto a la lámpara de diseño, había una bandeja con espejo y residuos de polvo blanco.

El tiempo se detuvo. Mi corazón latía en mi garganta, un tambor frenético que dolía.

—Señora… —susurré, dando un paso adelante.

Camila giró la cabeza hacia mí con un movimiento brusco, casi mecánico. Tardó un segundo en enfocarme. Cuando lo hizo, su rostro se contorsionó en una máscara de odio puro. No era solo enojo; era ese asco clasista que gente como ella siente por gente como yo.

—¡No lo toques! —chilló, abalanzándose hacia mí. Tropezó con sus propios pies descalzos y casi cae sobre el niño—. ¡Es mi hijo! ¿Me oyes, gata asquerosa? ¡Mío!

Me agaché instintivamente para cubrir a Noah, pero ella me manoteó el aire.

—Está sangrando, señora Camila —dije, tratando de mantener la voz firme, aunque por dentro estaba temblando del miedo—. ¡Mírelo! Se golpeó la cabeza. Necesita un médico, ¡ya!

—¡Cállate! —Me gritó, escupiéndome saliva en la cara—. ¡Tú no sabes nada! ¡Seguro fuiste tú! ¡Tú entraste y lo tiraste!

—¿Yo? —La indignación me subió por el pecho como lava—. ¡Acabo de entrar! ¡Usted está…!

No terminé la frase. No me atreví a decir “drogada” en voz alta, aunque la evidencia estaba ahí, gritando en la habitación.

En ese momento, la sombra de Lidia apareció en el umbral. Lidia, la ama de llaves principal. Una mujer de sesenta años que llevaba toda la vida sirviendo a los ricos y que había aprendido que su supervivencia dependía de enterrar los secretos de sus patrones. Lidia, con su uniforme siempre almidonado y su cara de piedra.

Esperé que ella viera la sangre. Esperé que viera a la madre intoxicada y al bebé herido y que su instinto humano despertara.

Qué ingenua fui.

Lidia barrió la habitación con una sola mirada clínica. Vio la jeringa. Vio el polvo. Vio la sangre. Y luego, me miró a mí con ojos de tiburón.

—Conozca su lugar, señorita Maya —dijo, con una frialdad que helaba más que el aire acondicionado—. Salga de aquí inmediatamente.

—¿Qué? —La miré, incrédula—. ¡Lidia, el niño está herido! ¡Mire a la señora! ¡Necesitamos llamar a una ambulancia!

—¡Le dije que salga! —Lidia entró al cuarto, pero no fue hacia el bebé. Fue hacia la mesita de noche. Con una rapidez practicada, tomó una toalla y cubrió la bandeja con el polvo blanco. Ocultando la evidencia—. Los asuntos de la familia no son de su incumbencia. Si se mete, se va a buscar un problema del que no va a poder salir.

Noah soltó un gemido. Fue un sonido bajito, húmedo. Como si se estuviera apagando.

Ese sonido rompió algo dentro de mí. Rompió el miedo a perder el trabajo. Rompió el miedo a no pagar la diálisis. Rompió la sumisión que me habían enseñado desde niña.

—¡A la mierda con su lugar! —grité.

Crucé el espacio que me separaba de Noah. Me arrodillé en la alfombra, ignorando el grito de protesta de Camila, y levanté al niño con todo el cuidado del mundo. Su cabecita cayó pesada contra mi hombro. Estaba ardiendo en fiebre o por el shock, no lo sabía, pero sentí la humedad pegajosa de su sangre manchando mi uniforme.

Saqué mi celular del bolsillo del delantal con una mano, mientras con la otra sostenía a la criatura contra mi pecho.

—¿Qué estás haciendo, maldita india? —Camila se tambaleó hacia mí, con los ojos inyectados en sangre. El olor químico que emanaba de ella era insoportable.

—Llamando al 911 —dije, marcando los tres dígitos con dedos temblorosos pero decididos—. Niño de un año. Traumatismo craneoencefálico. Madre posiblemente bajo efectos de estupefacientes. Residencia Harrington en Las Lomas. ¡Vengan ya!

Camila soltó un alarido animal.

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