DESCUBRÍ EL SECRETO OSCURO DE LA SEÑORA DE LA MANSIÓN Y AHORA MI VIDA Y LA DE SU HIJO DEPENDEN DE UNA GRABACIÓN QUE ELLA CREE HABER DESTRUIDO

—¡Maya! —Se acercó a la cama, pero dudó en tocarme, como si fuera de cristal—. No hables. No te esfuerces. Estás en el Hospital Ángeles. Te operaron.

—Noah… —susurré. Era lo único que importaba.

—Está bien. —Ricardo sonrió, y fue una sonrisa real, de esas que llegan a los ojos, aunque estuvieran llenos de lágrimas—. Está perfecto. Está con mi hermana en su casa, protegido por un ejército. No tiene ni un rasguño, gracias a ti.

Cerré los ojos, sintiendo un alivio tan profundo que dolió más que la herida en mi hombro.

—Le di… le di con el encendedor… —balbuceé, medio delirando por la anestesia.

—Lo hiciste. —Ricardo tomó mi mano sana. Su agarre era firme, cálido—. Eres la mujer más valiente y más loca que he conocido en mi vida. Te pusiste enfrente de una bala por mi hijo.

—Era mi chamba —dije, tratando de bromear, aunque me salió una mueca de dolor.

—No. Eso no es chamba. Eso es amor. Y eso no se paga con ningún sueldo.

La recuperación fue lenta y dolorosa. Pasé dos semanas en el hospital. La bala había destrozado el hueso de la clavícula y dañado músculo, pero como dijo el doctor: “Yerba mala nunca muere”. Y yo, según Camila, era yerba de la peor calaña.

Pero algo había cambiado. Ya no era la “paciente de la habitación 304”. Era la celebridad. El cuarto se llenó de flores. Arreglos gigantescos de gente que ni conocía. “Gracias por salvar al niño”, decían las tarjetas. La historia se había filtrado (probablemente Harris tuvo algo que ver para limpiar mi nombre definitivamente) y ahora México me veía no como la villana del cuento, sino como la heroína que se enfrentó a la “Bestia de Las Lomas”.

Incluso mi mamá, que seguía en su tratamiento, fue trasladada a una suite en el mismo hospital para que pudiéramos vernos. Ricardo se encargó de todo. No preguntó, no ofreció; simplemente lo hizo.

Cuando finalmente me dieron el alta, no tomé un taxi ni un pesero. Ricardo fue por mí personalmente.

—¿A dónde vamos? —pregunté cuando la camioneta blindada tomó la avenida hacia Las Lomas—. Se supone que ya no trabajo ahí. Técnicamente estoy de incapacidad.

—Vamos a casa —dijo él.

Al llegar a la mansión Harrington, sentí un nudo en el estómago. La última vez que estuve ahí, había descubierto un nido de espías en el sótano y casi me matan. Pero al cruzar la reja, noté la diferencia.

Ya no se sentía como una fortaleza opresiva. Las ventanas estaban abiertas. Entraba luz. Y en la entrada, formado como si fuera a recibir a la realeza, estaba todo el personal nuevo.

Jaime, el jardinero, dio un paso al frente con un ramo de flores silvestres.

—Bienvenida a casa, jefa —dijo con una sonrisa de oreja a oreja.

Y entonces, un pequeño tornado salió corriendo por la puerta principal.

—¡MAYA!

Noah.

Venía corriendo con sus piernitas torpes, riendo. Me agaché, ignorando el piquete de dolor en mi hombro, y dejé que se estrellara contra mi lado bueno. Lo abracé, oliendo su cabello de bebé, sintiendo su corazoncito latir contra el mío.

—Te extrañé, changuito —le susurré, conteniendo las lágrimas.

Ricardo nos miraba desde atrás, con las manos en los bolsillos. Por primera vez, esa casa enorme, fría y llena de mármol, se sentía cálida.

Pero la paz no es completa sin justicia. Y la justicia llegó un mes después, fría y contundente como un martillazo.

El juicio de Camila De la Garza fue el evento del año. Sus abogados, los famosos “tiburones”, intentaron todo. Alegaron locura temporal. Alegaron contaminación de pruebas. Alegaron que yo la había provocado.

Pero esta vez, el dinero no pudo tapar el sol con un dedo.

Yo testifiqué. Me paré en el estrado, con mi brazo en cabestrillo, y conté todo. Desde el primer grito hasta el último disparo. No me quebré. No lloré. La miré a los ojos todo el tiempo.

Camila estaba sentada en la mesa de la defensa. Ya no llevaba vestidos de diseñador ni joyas. Llevaba el uniforme beige del reclusorio y tenía el pelo sin teñir, mostrando raíces oscuras. Se veía pequeña. Vieja. La maldad la había consumido por dentro hasta dejar solo un cascarón amargo.

Cuando proyectaron el video del secuestro, grabado por las cámaras del equipo táctico de Harris, el jurado no necesitó ver más.

El juez fue implacable.

—Camila Valentina De la Garza —dictó la sentencia, golpeando el mazo—. Por los cargos de secuestro agravado, intento de homicidio, lesiones calificadas y violencia familiar, la sentencio a cuarenta años de prisión sin posibilidad de libertad condicional.

Lidia tampoco se salvó. Le cayeron quince años por complicidad, allanamiento y encubrimiento.

Cuando los alguaciles levantaron a Camila para llevársela, ella se giró hacia mí una última vez. Esperaba un grito, una maldición, ese veneno de siempre.

Pero no dijo nada. Solo me miró con una expresión vacía, muerta. Se dio cuenta, al fin, de que yo no era la tierra bajo sus zapatos. Yo era el muro contra el que se había estrellado.

Salió de la sala y de nuestras vidas para siempre.

Esa tarde, Ricardo me invitó a la terraza. El sol se estaba poniendo sobre la ciudad, tiñendo el cielo de naranja y morado. Noah jugaba en el pasto con un perro nuevo que Ricardo había adoptado, un labrador dorado que no paraba de mover la cola.

Ricardo me sirvió un té helado.

—Se acabó —dijo, mirando el horizonte—. De verdad se acabó.

—Sí —respondí, tomando un sorbo—. Se siente raro. Como si me faltara algo. Me acostumbré a estar mirando por encima del hombro.

—El trauma tarda en irse —dijo él—. Pero se irá.

Se quedó callado un momento, jugando con el vaso entre sus manos. Se le veía nervioso, algo raro en él.

—Maya, tenemos que hablar de tu futuro.

Me tensé. Aquí venía. El cheque de agradecimiento. El “gracias por todo, pero ya no te necesitamos”. La liquidación generosa para que me fuera a vivir mi vida lejos de los recuerdos dolorosos.

—Entiendo, señor —dije, preparándome—. Ya estoy buscando departamento. En cuanto el doctor me dé el alta completa, puedo empezar a buscar otro trabajo…

—¿De qué estás hablando? —Ricardo me miró confundido, y luego soltó una risa incrédula—. ¿Irte? ¿Estás loca?

—Pues… ya se acabó el peligro. Noah tiene a su papá. Usted contratará nanas profesionales, de esas con títulos y uniformes blancos que no se meten en problemas…

—No quiero nanas con títulos —me cortó—. Quiero a la persona que ama a mi hijo.

Ricardo dejó el vaso en la mesa y se giró hacia mí, poniéndose serio.

—Maya, no te estoy ofreciendo tu antiguo trabajo. No quiero que seas la sirvienta. Ese uniforme se quemó, metafóricamente hablando.

Sacó un sobre del bolsillo de su saco. Pero no era un cheque. Eran papeles legales.

—Quiero que seas la tutora legal de Noah.

Me quedé boquiabierta.

—¿Qué?

—Si algo me pasa a mí… un accidente, una enfermedad, lo que sea… no quiero que Noah vaya a sistemas de acogida ni con parientes lejanos que solo quieren mi dinero. Quiero que se quede contigo. Quiero que tú tomes las decisiones sobre su educación, su salud, su vida. Porque sé que tú siempre vas a poner su bienestar primero.

—Señor, eso es… eso es una responsabilidad gigante. Yo no soy de su mundo. No tengo apellido, no tengo…

—Tienes lo único que importa: integridad. Y coraje. —Ricardo me puso la mano en el hombro sano—. Eres parte de esta familia, Maya. Te lo ganaste con sangre. Literalmente.

Miré a Noah, que rodaba por el pasto riendo. Pensé en todo lo que habíamos pasado. El miedo, el dolor, la incertidumbre. Y supe que no podría irme aunque quisiera. Ese niño tenía un pedazo de mi corazón.

—Acepto —dije, con la voz quebrada por la emoción—. Pero con una condición.

—La que quieras. ¿Más sueldo? ¿Coche nuevo?

—No. —Sonreí—. Que dejemos de usar el “usted”. Y que me dejes estudiar. Siempre quise ser enfermera, pero no tuve la lana.

Ricardo sonrió.

—Hecho. Trato hecho, Maya.

EPÍLOGO: TRES AÑOS DESPUÉS

La vida es curiosa. Un día estás limpiando migajas debajo de una mesa, y al otro estás sentada en esa misma mesa ayudando a un niño a hacer su tarea.

Estoy terminando mi carrera de enfermería. Ha sido pesado, estudiar y “maternar” a Noah al mismo tiempo, pero Ricardo ha cumplido su palabra. Me apoya en todo. Nuestra relación es… compleja. No somos pareja, aunque los chismes de sociedad a veces digan lo contrario. Somos algo más fuerte. Somos socios. Somos sobrevivientes. Somos familia.

Camila sigue en el penal de Santa Martha. Dicen que se ha vuelto muy religiosa, o muy loca, depende de a quién le preguntes. Nunca la he ido a visitar. No le debo nada. Ni siquiera mi odio. El odio pesa mucho, y yo prefiero viajar ligera.

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