DESCUBRÍ EL SECRETO OSCURO DE LA SEÑORA DE LA MANSIÓN Y AHORA MI VIDA Y LA DE SU HIJO DEPENDEN DE UNA GRABACIÓN QUE ELLA CREE HABER DESTRUIDO

—¡Ah, ah, ah! —Camila levantó una mano. En ella sostenía un encendedor de plata. Y en la otra mano, tenía una botella de alcohol industrial—. Un paso más, sirvienta, y prendo fuego a todo. La alfombra está empapada en gasolina. ¿No lo huelen?

Me detuve en seco. Ahora que lo decía, el olor a combustible era penetrante, apenas disimulado por el perfume.

—Camila, baja eso —suplicó Ricardo, levantando las manos—. Ya estamos aquí. Tienes lo que querías. Déjalo ir.

—¿Lo que quería? —Camila soltó una risa aguda que rebotó en las paredes desnudas—. ¿Tú crees que quería esto, Ricardo? ¿Vivir en la ruina? ¿Ser perseguida como una criminal? Yo quería ser adorada. Quería ser la señora Harrington. Pero tú… tú me cambiaste por eso.

Me señaló con el encendedor. La llama bailó peligrosamente.

—Por una gata. Una nadie. Una mujer que huele a cloro y a pobreza.

—Ella no tiene nada que ver —dijo Ricardo—. Yo te dejé porque estabas enferma. Porque lastimaste a nuestro hijo.

—¡Mentira! —chilló Camila, poniéndose de pie. Se tambaleó. Estaba drogada otra vez, o quizás la adrenalina y la locura eran su nueva droga—. ¡Ella te envenenó la mente! ¡Ella planeó todo! ¡Ese video, el hospital, todo fue un montaje para robarme mi vida!

Se acercó al corralito. Noah se encogió.

—Míralo —dijo ella, mirando al niño con una mezcla de posesión y asco—. Me tiene miedo. Su propia madre. ¿Y sabes por qué? Porque ella le enseñó a temerme.

—Él te tiene miedo porque le gritaste —dije, incapaz de quedarme callada. Sabía que provocarla era peligroso, pero necesitaba que su atención estuviera en mí, no en el niño—. Te tiene miedo porque lo dejaste caer y sangrar en el piso. Te tiene miedo porque hueles a locura.

Camila giró la cabeza hacia mí tan rápido que se escuchó un crujido en su cuello.

—¿Te atreves a hablarme en mi casa? —susurró.

—Esta no es tu casa, Camila. Es una ruina. Igual que tú.

—¡Maya, cállate! —me siseó Ricardo.

—No —le dije a él, sin dejar de mirar a Camila—. Ella quiere ser la protagonista, ¿no? Quiere el drama. Pues dáselo. Camila, si tanto me odias, aquí estoy. Deja ir a Noah. Deja ir a Ricardo. Esto es entre tú y yo. De mujer a mujer… aunque tú de mujer tienes poco, y de madre, nada.

El rostro de Camila se transformó. La rabia deformó sus facciones bellas hasta volverlas irreconocibles.

—¿Crees que eres valiente? —dijo, caminando hacia mí, dejando el corralito atrás—. Eres estúpida. Crees que puedes salvarlos a todos.

—Creo que puedo salvarlo a él.

Camila se detuvo a dos metros de mí. El olor a gasolina me mareaba.

—Vamos a jugar un juego —dijo, sacando algo del bolsillo de su vestido. No era el encendedor. Era la jeringa. La misma jeringa vacía que había visto esa primera noche, o una nueva, llena de un líquido transparente—. Se llama “El Sacrificio”.

Levantó la jeringa.

—Esto es fentanilo puro. Un regalito de mis amigos. Suficiente para dormir a un caballo. O para parar el corazón de una sirvienta entrometida en diez segundos.

Miró a Ricardo.

—Tú eliges, mi amor. O ella se inyecta esto ahora mismo y muere aquí, a mis pies, como la rata que es… o le prendo fuego al niño.

El silencio que siguió fue absoluto. Solo se oía la lluvia afuera y la respiración entrecortada de Noah.

Ricardo me miró. Estaba pálido como un papel.

—Camila, no puedes hablar en serio…

—¡Elige! —gritó ella—. ¡Tienes diez segundos! ¡Uno!

Miré la jeringa. Luego miré a Noah.

No había elección. Nunca la hubo. Desde el momento en que levanté a ese niño del suelo sangriento hace un mes, mi destino estaba atado al suyo.

—Dámela —dije.

Ricardo me agarró del brazo.

—¡No! Maya, no lo hagas.

—Suélteme, señor —dije con calma, soltándome de su agarre—. Es la única forma.

Di un paso hacia Camila. Ella sonrió. Era la sonrisa del diablo.

—Mira nada más —dijo—. La mártir. Siempre queriendo ser la heroína. Ten.

Me extendió la jeringa.

La tomé. El plástico estaba frío. El líquido dentro parecía agua, pero era muerte líquida.

—Hazlo —ordenó Camila—. En el cuello. Quiero verte apagarte. Quiero ver cómo se va la luz de tus ojos sabiendo que perdiste.

Me arremangué la sudadera. Busqué una vena en mi brazo, aunque ella dijo el cuello. Mis manos no temblaban. Estaba extrañamente tranquila. Mi mente trabajaba a mil por hora.

Distancia: dos metros. Objetivo: Camila. Obstáculo: El encendedor en su otra mano.

Si me inyectaba, moría. Si no lo hacía, ella quemaba a Noah.

Pero había una tercera opción. Una opción arriesgada, estúpida y desesperada. La opción de la calle.

Miré a Noah una última vez. “Te prometí que te cuidaría”, pensé.

Levanté la jeringa hacia mi cuello. Camila miraba fascinada, sus pupilas dilatadas, el encendedor bajando ligeramente mientras se concentraba en mi inminente muerte. Bajó la guardia. Solo un milímetro.

—Espero que te pudras en el infierno —le dije.

Y entonces, en lugar de clavar la aguja en mi piel, me lancé hacia adelante.

No hacia ella. Hacia el encendedor.

Fue un movimiento explosivo. Le di un manotazo a su mano derecha. El encendedor salió volando, girando en el aire, una moneda de plata brillante en la penumbra.

—¡NO! —chilló Camila.

El encendedor cayó.

El tiempo se alentó. Vi el encendedor caer hacia la alfombra empapada de gasolina. Si tocaba el suelo encendido, volábamos todos.

Me lancé al piso, deslizándome como una jugadora de béisbol robando base. Estiré la mano.

Atrapé el encendedor a centímetros del suelo empapado. Me quemé la palma con la llama que aún estaba viva, pero cerré el puño y la ahogué.

Oscuridad. Dolor agudo en la mano.

—¡Maldita! —Camila se abalanzó sobre mí.

Ya no tenía el fuego, pero tenía las uñas, los dientes y la locura. Cayó encima de mí como una fiera. Me golpeó la cara, me jaló el pelo. Yo intenté usar la jeringa como arma, pero ella me golpeó la muñeca contra el suelo y la aguja salió rodando lejos, perdiéndose en la oscuridad.

—¡Ricardo, saca al niño! —grité, tratando de quitarme a Camila de encima. Pesaba más de lo que parecía, o tal vez era la fuerza histérica.

Vi a Ricardo correr hacia el corralito. Cargó a Noah en brazos.

—¡Vámonos, Maya! —gritó él.

—¡Vete tú! —le grité, recibiendo un puñetazo en el pómulo—. ¡Sácalo!

Camila vio que Ricardo se llevaba a Noah. Soltó un aullido inhumano.

—¡No te lo lleves!

Me soltó y trató de correr tras ellos. Yo me agarré de su tobillo.

—¡Tú no vas a ningún lado! —gruñí.

Ella cayó de boca al suelo. Se giró y me pateó en la cara. Sentí mi nariz crujir. La sangre brotó caliente. Me pateó de nuevo en las costillas. El dolor me cortó la respiración.

Se puso de pie, buscando algo en su vestido.

Sacó otra cosa.

No era una jeringa.

Era una pistola. Pequeña, plateada, de esas que caben en un bolso de noche, pero que matan igual.

—Si no es mío, no es de nadie —dijo, apuntando hacia la espalda de Ricardo, que corría hacia la salida con Noah en brazos.

El terror me inyectó una última dosis de adrenalina.

Me levanté del suelo, ignorando el dolor, ignorando la sangre que me cegaba un ojo. No iba a llegar a tiempo para quitarle el arma. Estaba demasiado lejos.

Solo podía hacer una cosa.

Me puse en la línea de fuego.

—¡Camila! —grité para que me mirara.

Ella giró el arma hacia mí.

—Adiós, sirvienta.

Apretó el gatillo.

El estruendo fue ensordecedor en el salón cerrado. Vi el fogonazo. Sentí el impacto.

Fue como si un mazo invisible me golpeara en el hombro izquierdo. La fuerza me tiró hacia atrás. Choqué contra la pared y me deslicé hasta el suelo.

El brazo se me durmió al instante. Luego vino el ardor. Un fuego líquido que se extendía desde mi clavícula.

Camila sonrió, satisfecha. Volvió a apuntar hacia la puerta, donde Ricardo se había detenido al oír el disparo, girándose con horror.

—Ahora tú, mi amor —dijo ella.

Pero antes de que pudiera disparar de nuevo, el ventanal tapiado del salón estalló hacia adentro.

Vidrios y madera volaron por todas partes.

Figuras oscuras entraron columpiándose desde el techo o saltando por las ventanas. Puntos rojos láser bailaron sobre el vestido verde de Camila.

—¡POLICÍA! ¡SUELTE EL ARMA! —La voz amplificada por megáfono retumbó.

Harris había llegado.

Camila miró a su alrededor, rodeada. Miró a Ricardo, abrazando a Noah. Me miró a mí, sangrando en el suelo.

Por un segundo, vi la duda en sus ojos. ¿Rendirse? ¿O terminar el show?

Se llevó la pistola a la sien.

—¡No! —gritó Ricardo.

Pero antes de que pudiera jalar el gatillo, un disparo seco sonó desde la ventana rota. Un francotirador.

La bala golpeó la mano de Camila. La pistola voló lejos. Ella gritó, agarrándose la mano destrozada, y cayó de rodillas.

El equipo táctico se abalanzó sobre ella, inmovilizándola contra el suelo sucio.

Todo se volvió borroso para mí. Los sonidos se alejaron, como si estuviera bajo el agua. Vi a Ricardo correr hacia mí, con Noah todavía en un brazo, arrodillándose a mi lado.

—¡Maya! ¡Maya, mírame! —Gritaba, pero su voz sonaba lejana.

Sentí que me levantaban. Vi luces azules girando. Oí sirenas.

Lo último que vi antes de que la oscuridad me tragara fue a Noah, mirándome con sus ojitos grandes, estirando su manita hacia mí.

“Te salvé”, pensé.

Y luego, me dejé ir.

CAPÍTULO 8: EL AMANECER DESPUÉS DEL FUEGO
La primera cosa que sentí no fue dolor. Fue sed. Una sed seca, rasposa, como si me hubiera tragado un desierto entero.

Traté de abrir los ojos, pero los párpados me pesaban toneladas. Escuchaba un pitido rítmico. Bip. Bip. Bip. Ese sonido de hospital que te dice que sigues vivo, aunque te sientas medio muerto.

—…dijo que la bala no tocó la arteria por milímetros. Es un milagro.

Esa voz. Era Ricardo. Sonaba ronca, cansada, pero extrañamente suave.

Forcé mis ojos a abrirse. La luz blanca me lastimó, pero poco a poco el mundo cobró forma. Paredes blancas. Tubos. Una ventana con las persianas cerradas. Y sentado en una silla incómoda junto a mi cama, con la misma ropa sucia y arrugada de la noche anterior, estaba el magnate de Las Lomas.

—Señor… —intenté decir, pero mi voz salió como un graznido.

Ricardo saltó de la silla como si tuviera resortes.

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