Solté a Lidia, le di un último empujón para aturdirla y salí corriendo del túnel. Escuché a Lidia gritarme algo, tratando de agarrarme el tobillo, pero me solté de una patada y corrí por el pasadizo oscuro, golpeándome los hombros contra las paredes, tropezando, raspándome.
Salí a la cava de vinos. Subí las escaleras de dos en dos, ignorando el ardor en mis pulmones.
Llegué al pasillo principal.
—¡Ricardo! ¡Harris! —Mis gritos resonaron en la casa vacía, rompiendo el silencio sepulcral—. ¡Está en el cuarto! ¡Está con Noah!
Las luces del pasillo se encendieron de golpe. Escuché puertas abrirse. Pasos pesados corriendo desde el ala de seguridad.
Llegué a la puerta del cuarto de Noah. Estaba cerrada.
Giré la perilla. Con llave.
—¡Abre! —Golpeé la madera con los puños—. ¡Camila, aléjate de él!
Escuché la voz de Camila al otro lado, amortiguada por la madera, pero clara como el cristal. Estaba cantando. Una canción de cuna.
“Duérmete niño, duérmete ya…”
—¡Ricardo! —grité de nuevo.
Ricardo apareció al final del pasillo, con una pistola en la mano, seguido por Harris. Estaba pálido, con los ojos desorbitados.
—¿Qué pasa?
—¡Está adentro! —señalé la puerta—. ¡Camila está adentro con Noah! ¡Lidia me atacó en el sótano, hay un túnel!
Ricardo no preguntó. No dudó. Apuntó al cerrojo de la puerta.
—¡Aléjate, Maya!
Me tiré al suelo.
Bang. Bang.
Dos disparos ensordecedores. La madera alrededor de la cerradura estalló. Ricardo corrió y pateó la puerta. Esta se abrió de golpe, chocando contra la pared.
Entramos en tropel.
La ventana estaba abierta de par en par. Las cortinas volaban con el viento frío de la noche.
La cuna estaba vacía.
No.
No vacía.
Me acerqué, temblando.
En la cuna, donde debería estar Noah, había una muñeca antigua de porcelana, con la cabeza rota. Y una nota clavada con un alfiler en el vestido de la muñeca.
Ricardo tomó la nota. Sus manos temblaban tanto que apenas podía sostener el papel. Harris corrió a la ventana y miró hacia afuera, maldiciendo por la radio.
—¡Perímetro roto en el sector oeste! —gritó Harris—. ¡Veo un vehículo saliendo por el camino de servicio!
Ricardo leyó la nota en voz alta. Su voz se quebró en la última palabra.
“Te dije que ganaría. Si quieren verlo de nuevo, vengan solos. Tú y la sirvienta. Sin policía. Esperen mi llamada.”
Me dejé caer de rodillas junto a la cuna vacía. El olor a Chanel No. 5 todavía flotaba en el aire, mezclado ahora con el olor a pólvora de los disparos.
Se lo había llevado. A pesar de los guardias, de las cámaras, de los muros. Había usado nuestra propia casa en nuestra contra.
Lidia apareció en la puerta, esposada por uno de los guardias que la había encontrado saliendo del sótano. Tenía la cara sucia de tierra y sangre, pero sonreía. Una sonrisa de triunfo demencial.
—Se los dije —dijo Lidia, jadeando—. La sangre siempre gana.
Ricardo se giró hacia ella. Por un segundo, pensé que iba a matarla ahí mismo. Pero Harris se interpuso.
—La necesitamos viva, señor. Ella sabe a dónde van.
Ricardo me miró. Yo me levanté del suelo. Ya no había lágrimas. Ya no había miedo. Solo había un vacío frío donde antes estaba mi corazón, y una determinación que pesaba más que el plomo.
—Vamos por él —le dije a Ricardo.
—Sin policía —dijo él, mirando la nota—. Si ve una patrulla…
—Lo sé. Vamos nosotros.
Esta ya no era una batalla legal. Ya no era una guerra de relaciones públicas. Ahora era personal. Era primario.
Miré a la noche oscura a través de la ventana abierta.
—Voy por ti, Noah —susurré—. Aguanta, mi amor. Voy por ti.
CAPÍTULO 7: LA BOCA DEL LOBO
El motor de la camioneta blindada rugía como una bestia herida mientras devorábamos el asfalto de la carretera hacia el Ajusco. Ricardo manejaba con los nudillos blancos, aferrado al volante como si fuera lo único que lo mantenía atado a la realidad. Yo iba en el asiento del copiloto, con el celular en la mano, esperando esa llamada maldita, mientras la lluvia golpeaba el parabrisas con furia bíblica.
Atrás habíamos dejado el caos de la mansión. Harris se había quedado interrogando a Lidia. No quise ver lo que hizo, pero antes de subirnos al coche, el jefe de seguridad salió con la camisa arremangada y una dirección anotada en un papel.
—Tiene una casa de campo vieja —nos dijo Harris—. Propiedad de su abuela. Está en ruinas, en la zona boscosa. Ahí es a donde va.
—Sin policía —recordó Ricardo, con la voz muerta—. Si ve luces azules, le hace algo a Noah.
—Lo sé, señor. Yo iré por mi cuenta, sin sirenas, con un equipo táctico a distancia. Pero ustedes tienen que entrar solos. Es lo que ella quiere. Un sacrificio.
Y ahora estábamos aquí, subiendo por caminos de terracería, rodeados de pinos oscuros que parecían lanzas apuntando al cielo negro.
—Maya —dijo Ricardo, rompiendo el silencio espeso del coche—. Si esto sale mal…
—No va a salir mal —lo corté. No podía permitirme pensar en eso—. Vamos a entrar, le vamos a dar lo que pida, y vamos a sacar al niño.
—Ella no quiere dinero. —Ricardo negó con la cabeza—. Me quiere a mí destruido y a ti muerta. Eso es lo que quiere.
El celular sonó.
El tono de llamada resonó como un disparo en la cabina cerrada. Contesté y puse el altavoz.
—¿Están solos? —La voz de Camila se oía distorsionada, pero tranquila. Demasiado tranquila.
—Estamos solos, Camila —dijo Ricardo—. Vamos en camino. No le hagas daño. Por favor. Es tu hijo.
—Era mi hijo —corrigió ella—. Hasta que tú dejaste que esa sucia lo tocara. Ahora está… contaminado. Pero no te preocupes. Lo estoy purificando.
Se me heló la sangre. “Purificando”. Esa palabra en boca de una narcisista inestable podía significar cualquier cosa, desde un baño hasta… algo definitivo.
—Ya estamos cerca —dije, tratando de sonar sumisa, aunque por dentro quería arrancarle la cabeza—. ¿Qué quieres que hagamos?
—Dejen el coche en la entrada de piedra. Caminen hasta la casa principal. Y Maya… espero que hayas traído zapatos cómodos. El camino al infierno es largo.
Colgó.
Llegamos a la entrada. Era una reja oxidada, medio caída, tragada por la maleza. Ricardo detuvo la camioneta. La lluvia caía a cántaros ahora, convirtiendo el suelo en un lodazal.
Bajamos. El frío de la montaña calaba hasta los huesos. No traíamos armas. Harris nos había ofrecido chalecos antibalas, pero Ricardo dijo que si Camila notaba algo abultado bajo la ropa, podría reaccionar mal. Así que íbamos a pecho descubierto. Yo solo traía mi determinación y una pequeña navaja suiza que le había robado a Jaime el jardinero y que escondía en mi bota. No era mucho contra una loca, pero era algo.
La casa principal se alzaba al final del camino como un cadáver arquitectónico. Era una casona colonial que alguna vez fue majestuosa, pero ahora tenía las ventanas rotas, el techo hundido en algunas partes y las paredes manchadas de humedad negra. Parecía una calavera mirando a través de la neblina.
—Conozco este lugar —murmuró Ricardo—. Veníamos aquí cuando éramos novios. Ella odiaba el campo. Decía que era para gente pobre.
—Pues ahora es su castillo —dije.
Caminamos hacia la puerta principal. Estaba entreabierta, invitándonos a pasar a la oscuridad.
Entramos.
El olor a humedad y madera podrida era intenso, pero debajo de eso, persistía ese rastro enfermizo de Chanel No. 5. La casa estaba en penumbras, iluminada únicamente por decenas de velas repartidas por el suelo del vestíbulo. Las sombras danzaban en las paredes, creando formas grotescas.
—¡Camila! —gritó Ricardo—. ¡Estamos aquí!
—En el salón de baile —respondió su voz, resonando desde el fondo del pasillo—. Donde solíamos bailar, mi amor.
Avanzamos. El piso de madera crujía bajo nuestros pies. Cada paso se sentía como caminar sobre vidrio roto.
Llegamos al salón. Era un espacio enorme, con un candelabro de cristal sucio colgando peligrosamente del techo. Las ventanas estaban tapiadas con tablas. Y en el centro de la habitación, había una escena que parecía sacada de una pesadilla victoriana.
Camila estaba sentada en un sillón de terciopelo rojo, raído y polvoriento, como una reina en el exilio. Llevaba el mismo vestido de noche verde esmeralda de la gala, ahora manchado de lodo y rasgado en el dobladillo. Tenía una tiara de plástico en la cabeza, probablemente un juguete viejo que encontró por ahí.
Y a sus pies, sobre una alfombra persa, estaba Noah.
Estaba dentro de un corralito portátil de viaje. Estaba despierto, pero extrañamente quieto. No lloraba. Solo miraba a su madre con ojos grandes y asustados, chupándose el dedo.
—¡Noah! —Grité, dando un paso adelante.
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