DESCUBRÍ EL SECRETO OSCURO DE LA SEÑORA DE LA MANSIÓN Y AHORA MI VIDA Y LA DE SU HIJO DEPENDEN DE UNA GRABACIÓN QUE ELLA CREE HABER DESTRUIDO

Por eso las alarmas no sonaban. Por eso los guardias no veían nada. Mientras nosotros vigilábamos las puertas y las ventanas, ella se movía por las entrañas de la casa como una infección.

El miedo me decía corre, ve por Ricardo. Pero la rabia me decía entra. Necesitaba saber. Necesitaba ver qué tan profundo llegaba la madriguera del conejo.

Me deslicé por la abertura.

El aire dentro del túnel era rancio, pesado. El techo era bajo, obligándome a encorvarme. El suelo era de tierra apisonada. Caminé unos metros, guiada por la luz de la vela que parpadeaba más adelante.

El túnel se ensanchaba en una pequeña cámara, un cuarto oculto que debió ser una despensa o un refugio hace cien años.

Y ahí estaba el “nido”.

No era solo un escondite. Era un centro de comando.

Había una mesa de madera vieja en el centro. Sobre ella, una vela consumiéndose a la mitad. Había envolturas de comida rápida, botellas de agua vacías y una colchoneta sucia tirada en un rincón. Alguien había estado viviendo aquí. Durmiendo aquí. Debajo de nuestros pies.

Pero lo que me heló la sangre fue lo que había pegado en las paredes de piedra.

Fotos. Cientos de fotos.

Fotos de Ricardo durmiendo. Fotos de mí cocinando. Fotos de Noah jugando en su corral. Fotos tomadas desde ángulos extraños, desde arriba, desde esquinas oscuras.

Y en la mesa, brillando con luces LED verdes y rojas, había una hilera de pequeños monitores portátiles.

Me acerqué, sintiendo náuseas. Las pantallas mostraban imágenes en vivo, en visión nocturna verdosa.

Monitor 1: El cuarto de Noah. Podía verlo respirar en su cuna. Monitor 2: La cocina. Monitor 3: El pasillo fuera de mi habitación. Monitor 4: El estudio de Ricardo.

Cámaras ocultas.

No solo se metía. Nos vigilaba. Nos veía las 24 horas del día. Había convertido la mansión en su propia casa de muñecas macabra.

Vi un pequeño dispositivo negro sobre la mesa, junto a los monitores. Lo reconocí. Era una cámara de bebé, de esas que se conectan al wifi, pero modificada.

—Dios mío… —susurré.

—Sorpresa.

La voz vino de la entrada del túnel, a mis espaldas.

Me giré tan rápido que casi me caigo. Alcé el bat, lista para romper cráneos.

En la entrada del pasadizo, bloqueando mi única salida, había una figura. La luz de la vela iluminó su rostro desde abajo, dándole un aspecto espectral.

No era Camila.

Era Lidia.

La ex ama de llaves. La mujer que Ricardo había despedido y humillado. Llevaba ropa negra, pegada al cuerpo, y guantes. Ya no tenía su chongo perfecto; su pelo gris estaba suelto, salvaje. Y en su mano no tenía un plumero, sino una linterna pesada de metal.

—Lidia… —dije, bajando el bat un centímetro por la sorpresa—. ¿Tú?

—¿Esperabas al fantasma de la ópera? —Lidia sonrió, pero no había humor en sus ojos. Solo un odio frío y calculador—. Eres difícil de matar, cucaracha. Te hemos echado insecticida, te hemos pisado, y sigues aquí, husmeando donde no te llaman.

—Tú pusiste la foto de mi madre —dije, conectando los puntos—. Tú entras y sales por aquí. Eres su mula de carga.

—La señora Camila es una reina —escupió Lidia—. Esta es su casa. Siempre será su casa. Tú solo eres una intrusa temporal. Una mancha de grasa en el mantel.

—Ella te está usando, Lidia. Estás cometiendo delitos graves. Allanamiento, acoso, espionaje. Cuando te agarren, ella te va a dejar sola.

—No me van a agarrar. Porque esta noche se acaba el problema.

Lidia dio un paso hacia adentro. Levantó su linterna como un garrote. Era una mujer mayor, sí, pero era grande, fuerte por años de cargar cosas pesadas, y estaba impulsada por un fanatismo ciego hacia su antigua patrona.

—¿Dónde está ella? —pregunté, retrocediendo hasta chocar con la mesa de los monitores—. Sé que está cerca. Huele a ella.

—Está esperando —dijo Lidia—. Esperando a que yo limpie el camino. El plan era sedar al señor Ricardo y llevarse al niño tranquilamente por el túnel mientras tú dormías. Pero tenías que despertar. Tenías que bajar. Siempre arruinas todo.

Lidia se abalanzó sobre mí.

Fue rápido. Me lanzó un golpe con la linterna directo a la cabeza. Me agaché justo a tiempo y sentí el aire del golpe pasar zumbando sobre mi oreja. Respondí con el bat, golpeándola en las costillas. Lidia soltó un gruñido de dolor, pero no se detuvo. Me empujó contra la pared de piedra. El aire se me salió de los pulmones.

—¡Muérete de una vez, maldita india! —gritó, agarrándome del pelo y tratando de estrellar mi cabeza contra la piedra.

El dolor estalló en mi cuero cabelludo. Solté el bat. Arañé su cara, buscando sus ojos. Lidia gritó y me soltó por un segundo.

Aproveché para darle una patada en la rodilla. Se tambaleó.

—¡Ricardo! —grité con todo lo que tenía, aunque sabía que estábamos bajo tierra, insonorizados—. ¡Seguridad!

—Nadie te oye aquí abajo —jadeó Lidia, recuperando el equilibrio. Sacó algo de su bolsillo. Un frasco pequeño y un paño. Cloroformo. O ese sedante del que habían hablado—. Vas a dormir, Maya. Y cuando despiertes, Noah ya no estará. Y tú vas a tener una nota de suicidio al lado.

El terror me dio una fuerza que no sabía que tenía. No iba a dejar que tocaran a Noah. No iba a dejar que me “suicidaran”.

Me lancé contra ella, no para pegarle, sino para tirarla. Chocamos y caímos al suelo de tierra, rodando entre la basura y las envolturas. Lidia era pesada, pero yo era más rápida. Logré ponerme encima de ella y le sujeté las muñecas contra el suelo.

—¡Ya basta! —le grité en la cara—. ¡Se acabó, Lidia!

En ese momento, uno de los monitores en la mesa emitió un pitido agudo.

Miré de reojo.

En la pantalla número 1, la del cuarto de Noah, se veía movimiento. La puerta se estaba abriendo.

Una figura entró en el cuarto del bebé. Una figura con un abrigo largo y negro. Se acercó a la cuna.

Camila.

No estaba esperando afuera. Ya estaba adentro. Mientras yo peleaba con Lidia en el túnel, Camila había usado otra entrada, o simplemente Lidia era la distracción.

El pánico me explotó en el pecho.

—¡Noah! —grité.

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