DESCUBRÍ EL SECRETO OSCURO DE LA SEÑORA DE LA MANSIÓN Y AHORA MI VIDA Y LA DE SU HIJO DEPENDEN DE UNA GRABACIÓN QUE ELLA CREE HABER DESTRUIDO

—¿Cómo que salió? —Mi voz salió en un hilo—. ¿Se escapó?

—No hace falta escaparse cuando tienes el dinero de los De la Garza —escupió Ricardo—. Sus abogados tramitaron un amparo a las tres de la mañana. Alegaron detención ilegal, fallas en el debido proceso y “crisis nerviosa”. Un juez federal, casualmente amigo de su padre, le otorgó la libertad bajo fianza mientras dura el juicio.

—Pero… ella me atacó —balbuceé, tocándome el moretón que empezaba a florecer en mi brazo—. Me amenazó de muerte.

—Lo sé. Y el juez dijo que “considerando su arraigo en la comunidad y su estado de salud mental”, no representa un riesgo de fuga. Le pusieron un brazalete electrónico y le prohibieron salir de la ciudad. Eso es todo.

Me dejé caer en una silla. Un brazalete. Una pulsera de plástico era lo único que se interponía entre esa mujer y nosotros.

—No puede acercarse a la casa —dijo Harris, girándose desde la ventana—. El brazalete tiene GPS. Si se acerca a menos de 500 metros, la alarma suena en la central de policía.

—¿Y cuánto tarda la policía en llegar, Harris? —pregunté, sintiendo cómo el pánico empezaba a burbujear en mi estómago—. ¿Veinte minutos? ¿Treinta? En treinta minutos ella puede quemar esta casa con nosotros adentro.

—Hemos doblado la seguridad —aseguró Ricardo—. Contraté a cuatro hombres más. Dos en el perímetro, dos adentro. Nadie entra sin identificación biométrica. Estás segura, Maya. Te lo prometo.

Pero las promesas de un hombre rico no detienen las balas, ni el veneno.

Los días siguientes fueron una tortura china. La casa se convirtió en un búnker de lujo. Las cortinas siempre cerradas. Guardias armados patrullando el jardín con pastores alemanes. Noah no podía salir ni a tomar el sol al patio sin que tres adultos lo rodearan.

Y aunque Camila no se acercaba físicamente, su presencia estaba ahí. Era como una humedad que se filtra por las paredes.

Empezó con las llamadas.

El teléfono fijo de la casa sonaba a todas horas. Cuando yo contestaba, solo había silencio. Un silencio pesado, rasposo, donde podía escuchar una respiración al otro lado. A veces ponían música clásica de fondo. A veces, una risa grabada.

—Rastréalo —le exigía Ricardo a Harris.

—Son números desechables, señor. O llamadas encriptadas desde internet. No podemos ubicar la fuente.

Luego llegaron los “regalos”.

El jueves por la mañana, llegó un paquete por mensajería a nombre de Ricardo. El guardia de la entrada lo pasó por el escáner de rayos X y parecía seguro. Lo trajeron al estudio.

Yo estaba ahí, limpiando el polvo de los libros, cuando Ricardo lo abrió.

Dentro de la caja, envuelto en papel de seda negro, había un peluche. Era el conejo favorito de Noah, uno que se había perdido hacía semanas, antes de que me corrieran la primera vez.

Pero no estaba como antes.

Le habían arrancado un ojo. Y el peluche beige estaba manchado de pintura roja, fresca y pegajosa, simulando una herida mortal en el cuello.

Ricardo soltó la caja como si quemara. El olor a pintura llenó el cuarto.

—Dios mío… —susurró.

No había nota. No hacía falta. El mensaje era claro: Puedo llegar a lo que más aman.

—Ella nos está diciendo que puede acercarse —dijo Ricardo, con la voz temblorosa de furia—. O que tiene a alguien adentro. ¿Cómo consiguió este muñeco? Estaba perdido dentro de la casa.

Miré a mi alrededor. A los nuevos empleados de limpieza, a los guardias. ¿En quién podíamos confiar? Camila tenía dinero infinito. Podía comprar a cualquiera.

—Tenemos que irnos —dije—. Sacar a Noah de aquí.

—Si nos vamos, ella gana —dijo Ricardo, golpeando la mesa—. Esta es mi casa. Es la casa de mi hijo. No voy a dejar que una terrorista me saque de mi hogar.

Esa misma tarde, el terror se volvió personal.

Estaba en el jardín interior, el único lugar “seguro” porque estaba en el centro de la casa, rodeado de muros de cristal. Noah jugaba con unos bloques, riendo, ajeno a que su padre estaba a punto de colapsar y su niñera dormía con un bat de béisbol.

Mi celular vibró en mi bolsillo.

Número desconocido.

Normalmente no contestaba, pero esperaba una llamada del doctor de mi mamá para confirmar su cita de la próxima semana.

—¿Bueno? —dije.

Hubo una pausa. Y luego, esa voz. Esa voz suave, educada, que escondía navajas en cada vocal.

—¿Disfrutando de tu nueva vida, sirvienta? —preguntó Camila.

Sentí que la sangre se me iba a los talones.

—¿Cómo tienes este número? —pregunté, mirando a todos lados como si ella pudiera verme.

—Tengo todo, Maya. Tengo tus registros, tus cuentas, tus secretos. —Se rió suavemente—. Te ves linda hoy con ese uniforme azul. Aunque te queda un poco apretado, ¿no? Has subido de peso con la comida de mi despensa.

Me giré, buscando una cámara, un dron, algo.

—¿Dónde estás? —grité—. ¡Deja de esconderte!

—No me escondo, querida. Estoy observando. —Su tono bajó, volviéndose gélido—. Estás jugando a la mamá con un niño que no es tuyo. Crees que Ricardo te va a proteger siempre. Pero los hombres se cansan. Y cuando él se canse… yo voy a estar ahí para recoger los pedazos.

—No le tengo miedo —mentí. Mis manos temblaban tanto que casi se me cae el teléfono.

—Deberías. Porque no voy a parar. Voy a quitarte todo, pieza por pieza, hasta que no quede nada más que esa niñita asustada que siempre has sido. ¿Crees que tu madre está segura en esa clínica privada?

El mundo se detuvo.

—¿Qué dijiste?

—La Clínica Santa Fe, habitación 304. Linda vista al jardín. Lástima que la seguridad sea tan… relajada en el turno de la noche.

—¡Si la tocas te mato! —grité, olvidando quién era yo, olvidando todo—. ¡Te juro que te mato!

—Oh, qué vulgar. —Camila hizo un sonido de desaprobación—. No necesitas matarme, Maya. Tú te vas a destruir sola por él. Solo observa.

La línea se cortó.

Me quedé parada en medio del jardín, con el sol dándome en la cara, pero sintiendo un frío mortal. Noah me miró y estiró los brazos para que lo cargara.

—Maya, ¿tas bien? —balbuceó.

Lo abracé tan fuerte que protestó.

—Sí, mi amor. Todo bien.

Corrí a buscar a Ricardo. Le conté de la llamada. Le conté de la amenaza a mi mamá.

—Manda seguridad a la clínica —ordenó Ricardo a Harris—. ¡Ya! ¡Dos hombres en la puerta de su madre, 24 horas!

Pero esa noche, cuando regresé a mi habitación después de acostar a Noah, vi algo blanco asomando por debajo de mi puerta.

Un sobre.

Nadie había entrado al pasillo de servicio. Las cámaras no habían registrado nada. Y sin embargo, ahí estaba.

Lo recogí con la punta de los dedos, como si fuera radiactivo. Lo abrí.

Era una fotografía.

Era reciente. De hoy mismo. Mi madre, sentada en su silla de ruedas en el jardín de la clínica, tomando el sol con los ojos cerrados, viéndose frágil y pequeña.

Y al fondo, al otro lado de la reja de la clínica, desenfocada pero inconfundible… estaba Camila.

Estaba sentada en una banca, con lentes oscuros y una mascada en la cabeza, mirando directamente hacia mi madre.

Al reverso de la foto, con esa caligrafía elegante y cursiva que yo había aprendido a odiar, había una sola frase:

“El fuego ya empezó. ¿A quién vas a salvar primero?”

Me deslicé por la puerta hasta el suelo, abrazando la foto contra mi pecho. Las lágrimas calientes rodaron por mis mejillas.

El sistema legal nos había fallado. El brazalete GPS era una broma; ella se lo había quitado o había encontrado la forma de burlarlo, o simplemente no le importaba. Estaba cazándonos. Estaba jugando con nosotros como un gato con ratones aturdidos.

Me di cuenta entonces de que Ricardo tenía dinero, tenía abogados y tenía guardias, pero Camila tenía algo más peligroso: obsesión. Y locura.

Y yo… yo tenía que dejar de jugar a la defensiva.

Si ella quería fuego, tendría fuego.

Me sequé las lágrimas con rabia. Miré la foto de mi madre una vez más. Camila había cruzado la última línea. Ya no se trataba de probar mi inocencia o de salvar mi trabajo. Se trataba de supervivencia pura y dura.

Me levanté. Fui a mi armario y saqué la vieja mochila que usaba cuando vivía en el barrio. Saqué mi ropa de civil. Jeans, sudadera negra, tenis.

Si la ley no podía detenerla, yo tendría que hacerlo. Tenía que encontrar cómo estaba metiendo estas cosas en la casa. Tenía que encontrar a su cómplice. Porque esa foto no llegó debajo de mi puerta por arte de magia. Alguien la puso ahí.

Alguien que dormía bajo este mismo techo.

Salí de mi cuarto en silencio, caminando como una sombra por los pasillos de la mansión dormida. Iba a revisar cada rincón, cada cuarto de servicio, cada sótano. Iba a encontrar a la rata.

Y cuando la encontrara… Camila sabría lo que es meterse con una mujer que ya no tiene nada que perder.

CAPÍTULO 6: EL ENEMIGO EN LOS MUROS
La casa respiraba.

Sé que suena a locura, a cuento de viejas, pero a las tres de la mañana, cuando el silencio es tan espeso que te zumban los oídos, una casa tan vieja y grande como la mansión Harrington deja de ser un edificio y se convierte en una bestia viva. Las vigas crujen como huesos acomodándose, las tuberías gimen, y el viento silba por las rendijas de las ventanas como una respiración asmática.

Yo caminaba descalza por el pasillo de servicio, con el bat de béisbol de aluminio en una mano y el celular en la otra, usando la linterna en su intensidad más baja. No quería alertar a nadie. Ni a Ricardo, que dormía (o fingía dormir) en el ala este, ni a los guardias que patrullaban el perímetro exterior, ni a… quien fuera que estuviera adentro.

La foto de mi madre seguía quemándome en el bolsillo del pantalón. Alguien la había deslizado bajo mi puerta. Alguien había caminado por este mismo pasillo, se había agachado y la había empujado hacia adentro mientras yo dormía a dos metros de distancia. Esa idea me daba más miedo que cualquier golpe de Camila. Significaba que mi santuario, mi cuarto, ya no era seguro.

Revisé la cocina. Nada. Revisé la lavandería. Nada. Revisé el cuarto de máquinas. Solo el zumbido de la caldera.

Me detuve frente a la puerta del sótano, esa que daba a la cava de vinos. Nadie bajaba ahí. Ricardo había dejado de beber sus vinos caros desde que Camila se fue, como si el sabor le recordara a ella. La puerta de roble macizo estaba cerrada, pero cuando acerqué la mano a la perilla, sentí una corriente de aire frío.

Y algo más.

Ese olor.

Era tenue, casi imperceptible, enterrado bajo el olor a humedad y polvo del sótano, pero mi nariz lo reconoció al instante, activando una alarma primitiva en mi cerebro. Chanel No. 5 y tabaco mentolado.

El perfume de Camila.

El corazón me dio un vuelco violento contra las costillas. Me pegué a la pared, apagando la linterna del celular. La oscuridad me tragó.

Creek.

Un sonido abajo. En la cava. No fue el asentamiento de la casa. Fue el sonido de madera raspando contra piedra. Alguien había movido algo pesado.

Bajé los escalones. Uno. Dos. Tres. Tratando de ser ingrávida, de ser aire. Mi mano sudaba sobre el mango del bat. Si ella estaba aquí, si Camila había logrado burlar la seguridad biométrica, las cámaras y los perros… entonces no era humana. O tenía ayuda desde el mismísimo infierno.

Llegué al final de la escalera. La cava era un laberinto de estantes de madera oscura, llenos de botellas polvorientas que valían más que mi vida entera. La oscuridad era casi total, rota solo por una luz temblorosa, anaranjada, que venía del fondo, detrás de los estantes de las cosechas francesas.

Una vela.

Alguien había encendido una vela ahí abajo.

Avancé, agachada, usando los estantes como cobertura. El olor a perfume se hacía más fuerte, mezclándose ahora con el olor a cera quemada. Escuché un susurro. No, no un susurro. Una respiración.

Me asomé por el borde del último estante.

Lo que vi me paralizó, pero no porque viera a Camila. No había nadie visible. Solo había un estante de vinos, uno enorme, de piso a techo… que estaba entreabierto.

Como una puerta secreta.

El estante había girado sobre unos goznes ocultos, revelando un hueco negro en la pared de piedra. Un pasadizo.

Recordé algo que Jaime, el jardinero, me había contado una vez mientras podaba los rosales: “Esta casa es viejísima, Maya. La construyeron sobre los cimientos de una hacienda colonial. Dicen que tiene túneles de cuando la Revolución, rutas de escape para los patrones”.

Túneles.

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