DESCUBRÍ EL SECRETO OSCURO DE LA SEÑORA DE LA MANSIÓN Y AHORA MI VIDA Y LA DE SU HIJO DEPENDEN DE UNA GRABACIÓN QUE ELLA CREE HABER DESTRUIDO

Me solté de su brazo y caminé hacia las puertas de cristal que daban a la terraza. El aire de la noche estaba fresco. La terraza estaba semivacía, solo algunas parejas fumando lejos. Me acerqué al barandal de piedra, mirando las luces de la ciudad, esperando.

No tuve que esperar mucho.

Escuché el clic de unos tacones acercándose. El olor a Chanel No. 5 y cigarrillo mentolado invadió el aire puro.

—Vaya, vaya… —La voz de Camila goteaba sarcasmo—. Miren nada más. La gata se vistió de seda.

Me giré lentamente. Estábamos solas en ese rincón de la terraza. O eso creía ella. Sabía que Harris estaba escondido detrás de unas macetas grandes de palmas, y que las microcámaras estaban grabando.

—Buenas noches, señora —dije.

—No me digas señora. No eres digna ni de dirigirme la palabra. —Camila dio un paso hacia mí. Sus ojos brillaban con una mezcla de alcohol y locura—. ¿De verdad crees que ponerte un vestido caro cambia lo que eres? Eres una sirvienta, Maya. Siempre vas a oler a trapeador sucio.

—Estoy aquí como invitada.

—Estás aquí como un chiste. Todos se están riendo de ti allá adentro. Ricardo se está riendo de ti. Eres su juguete nuevo para molestarme a mí. En cuanto se aburra, te va a tirar a la basura, igual que hizo conmigo.

—Él no la tiró —repliqué, siguiendo el guion para provocarla—. Usted se cayó sola cuando eligió las drogas sobre su hijo.

El rostro de Camila se deformó. La máscara cayó.

—¡Tú no sabes nada! —siseó, acorralándome contra el barandal—. ¡Ese niño es mío! ¡Tú me lo robaste! ¡Te metiste en mi casa, te metiste en mi cama y me quitaste mi vida!

—Nadie se lo robó. Usted lo lastimó. Y lo voy a seguir protegiendo de usted.

—¿Protegerlo? —Camila soltó una carcajada histérica—. Pobre estúpida. No tienes idea de con quién te metiste. Tengo amigos que pueden hacerte desaparecer. Un día vas a salir a comprar leche y nadie te va a volver a ver. Y Noah… Noah va a volver conmigo, quiera o no. Y cuando lo tenga, le voy a enseñar a odiarte.

Dio otro paso. Estaba invadiendo mi espacio personal, violando claramente los 500 metros de la orden de restricción.

—Aléjese —advertí—. Está muy cerca.

—Me importa una mierda la orden. Aquí mando yo. —Camila me agarró del brazo. Sus uñas se clavaron en mi piel a través de la seda del vestido. Me jaló con violencia hacia ella, sacudiéndome—. ¡Escúchame bien, negra asquerosa! ¡Te voy a destruir! ¡Te voy a matar si es necesario!

¡Bingo!

—¡Suelte a la señorita Williams! —La voz de Harris tronó desde las sombras.

Camila saltó como si le hubieran dado un toque eléctrico. Soltó mi brazo y se giró, con los ojos desorbitados. Harris salió de detrás de las palmas, seguido por dos oficiales de policía uniformados que habían estado esperando la señal.

—Queda detenida, señora De la Garza —dijo Harris, mostrando su placa—. Violación flagrante de una orden de restricción, agresión física y amenazas de muerte. Todo grabado en audio y video de alta definición.

—¿Qué? —Camila miró a Harris, luego a mí, luego a las cámaras ocultas en las macetas. La comprensión la golpeó como un mazo—. ¡Es una trampa! ¡Maldita perra, me tendiste una trampa!

Los policías la agarraron por los brazos. Ella empezó a patalear y a gritar, perdiendo toda la compostura elegante con la que había llegado.

—¡Suéltenme! ¡Saben quién soy! ¡Ricardo! ¡Ricardo!

Ricardo apareció en la puerta de la terraza. La gente del salón se había aglomerado en los ventanales, viendo el espectáculo con la boca abierta. Ricardo miró a su exesposa forcejeando, con el rímel corrido y gritando obscenidades.

—Se acabó, Camila —dijo él, con una frialdad absoluta—. Te lo advertí.

Se la llevaron arrastrando. Pasó junto a mí, esposada. Se detuvo un segundo, respirando agitadamente. Su cabello estaba deshecho, su vestido arrugado. Ya no parecía una reina. Parecía un animal acorralado.

Se inclinó hacia mí, y a pesar de los policías sujetándola, susurró con una voz que me heló la sangre hasta los talones:

—Crees que ganaste la guerra… pero solo encendiste la mecha. Voy a quemarlos. A ti, al niño, a todos. Sobrevive al fuego si puedes.

La metieron a la patrulla entre flashes de cámaras. Esta vez, no eran fotos de sociedad. Eran fotos de nota roja.

Me quedé en la terraza, temblando. Ricardo me puso su saco sobre los hombros.

—Estás bien —dijo—. Ya se fue. Va a estar encerrada un buen tiempo. Sin fianza esta vez.

Asentí, pero no podía dejar de temblar. Me toqué el brazo donde ella me había agarrado. Mañana tendría moretones.

—”Sobrevive al fuego” —murmuré.

—¿Qué dijo?

—Nada —mentí, porque Ricardo ya tenía suficiente carga—. Vámonos a casa. Quiero ver a Noah.

Regresamos a la mansión en silencio. La victoria debería saber dulce, pero me sabía a ceniza. Habíamos ganado, sí. Camila estaba presa. La opinión pública estaba de nuestro lado.

Pero mientras entrábamos por la reja de seguridad, miré hacia la oscuridad de los jardines. Sentía que algo se había roto esa noche. Camila ya no tenía nada que perder. Y una enemiga sin nada que perder es la cosa más peligrosa del mundo.

Esa noche, soñé con fuego. Soñé que la mansión ardía y yo corría por los pasillos buscando a Noah, pero todas las puertas estaban cerradas con llave y se oía la risa de Camila a través de las llamas.

Desperté sudando a las tres de la mañana. Fui al cuarto de Noah. Él dormía plácidamente. Me senté en la mecedora, vigilando la puerta, con un bate de béisbol que le había pedido a Jaime “por si las moscas”.

No sabía que mi sueño era una premonición. No sabía que, aunque Camila estaba en una celda, sus tentáculos eran largos. Y el dinero… el dinero compra muchas cosas. Incluso venganza desde la cárcel.

La verdadera pesadilla apenas estaba por comenzar.

CAPÍTULO 5: LA SOMBRA DE LA IMPUNIDAD
Dicen que la justicia en México es ciega, pero yo creo que más bien se hace de la vista gorda cuando le ponen suficientes billetes enfrente.

Habían pasado apenas veinticuatro horas desde la gala. Veinticuatro horas desde que vi a Camila ser arrastrada por la policía, gritando amenazas y perdiendo su zapato de tacón en el proceso. Yo había dormido esa noche con una paz que no sentía hace meses, pensando que el monstruo estaba encerrado en una jaula de concreto.

Qué ilusa fui.

Amaneció un martes gris, de esos días en los que el smog de la ciudad no deja ver ni el cerro. Bajé a la cocina con el ánimo arriba, tarareando una canción mientras preparaba el desayuno de Noah. Me sentía ligera. Me sentía a salvo.

Pero en cuanto entré al comedor principal, supe que algo estaba podrido.

Ricardo estaba sentado a la cabecera de la mesa, pero no estaba desayunando. Tenía el teléfono pegado a la oreja y una vena le latía furiosamente en la sien. Harris, el jefe de seguridad, estaba de pie junto a la ventana, mirando hacia la calle con binoculares, tieso como una estatua.

—…es inaceptable, licenciado. ¡Inaceptable! —gritaba Ricardo al teléfono—. ¡Violó una orden de restricción frente a cincuenta testigos! ¡Hay video!

Colgó el teléfono con tanta fuerza que temí que rompiera la pantalla.

—¿Señor? —pregunté, dejando la charola con el café sobre el aparador—. ¿Pasó algo?

Ricardo me miró. Tenía los ojos rojos, inyectados de rabia e impotencia.

—Salió —dijo. Una sola palabra que cayó como una lápida en medio del cuarto.

Sentí que el suelo se movía bajo mis pies.

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