—No vine a hablar de chismes —dijo con esa voz de barítono que usaba en las juntas de consejo—. Vine a hablar de hechos. Y el hecho es que esta mujer… —me señaló, y sentí el peso de cien miradas— …esta mujer salvó la vida de mi hijo.
Un reportero gritó: —¡Su esposa dice que ella lo tiró!
Harris dio un paso al frente y proyectó en una pantalla LED que habían instalado el video certificado por Mitchell. No todo, solo los fragmentos clave. La caída. La negligencia. La jeringa.
El silencio que cayó sobre la multitud fue sepulcral. Se oía hasta el tráfico de la avenida lejana.
Luego, fue mi turno. Me acerqué al micrófono. Me temblaban las rodillas, pero me acordé de Noah sangrando. Me acordé de Camila riéndose detrás del vidrio.
—No soy una actriz —dije, y mi voz retumbó en las bocinas—. No soy millonaria. Soy una trabajadora. Vine a esa casa a limpiar y a cuidar. Y cuando un bebé lloró de dolor, no pensé en mi sueldo, ni en mi reputación. Pensé en salvarlo.
Miré directo a la cámara de la cadena nacional.
—La señora Camila dice que quiero su vida. Se equivoca. No quiero su dinero, ni su casa, ni a su marido. Solo quiero que su hijo llegue vivo a los cinco años. Y si eso me convierte en la villana de su telenovela, que así sea.
Los flashes estallaron de nuevo, pero esta vez, las preguntas cambiaron de tono. Ya no había burla. Había asombro.
Esa noche, la narrativa cambió. Los noticieros estelares pasaron el video. Los comentaristas destrozaron a Camila. El hashtag #JusticiaParaNoah se hizo tendencia número uno, desplazando al escándalo sexual prefabricado.
Habíamos ganado la batalla de la opinión pública.
Pero Camila no era de las que aceptan la derrota. Era de las que patean el tablero cuando van perdiendo.
Dos días después, llegó la invitación.
Un sobre color crema, con letras doradas en relieve. La Fundación Corazones de México invita al Sr. Ricardo Harrington y acompañante a la Gala Benéfica Anual.
—No vas a ir —dije, poniendo la invitación sobre la mesa de la cocina mientras le daba de cenar a Noah.
—Tengo que ir —dijo Ricardo, aflojándose la corbata—. Soy miembro del consejo. Si no voy, parecerá que me estoy escondiendo. Que me avergüenzo.
—Pues vaya solo.
—No. —Ricardo me miró—. Quiero que vengas conmigo.
Casi se me cae la cuchara de papilla.
—¿Perdón? Señor, con todo respeto, ¿se golpeó la cabeza? Acabamos de desmentir que somos amantes. Si me lleva a una gala de etiqueta, ¿qué cree que van a pensar?
—Que eres mi invitada. Que eres parte de mi círculo de confianza. —Ricardo se acercó—. Además, Harris tiene información. Camila va a estar ahí.
Me quedé helada.
—¿Camila? ¿Con la orden de restricción?
—Es un evento público en un hotel. Sus abogados encontraron un vacío legal. Ella compró una mesa. Va a ir para hacerse la víctima, para llorar ante sus amigas de la alta sociedad y decir que yo soy un monstruo que la alejó de su hijo.
—Entonces con más razón no debo ir. Si me ve, va a armar un escándalo.
—Exacto —dijo Ricardo, y sus ojos brillaron con una astucia fría—. Eso es lo que queremos. Harris dice que ella es resbaladiza. Necesitamos que cometa un error grave. Un error público e innegable que viole la orden de restricción y nos permita revocarle la libertad condicional de una vez por todas.
—Me quiere usar de carnada —comprendí.
—Quiero terminar con esto, Maya. Ella no va a parar hasta que esté tras las rejas o sin un peso. ¿Me ayudas a ponerle la trampa?
Miré a Noah, que jugaba con su comida, feliz y ajeno a todo. Si Camila seguía libre, él nunca estaría seguro.
—Está bien —dije, sintiendo un hueco en el estómago—. ¿Qué me pongo?
La noche de la gala, me sentí como Cenicienta, pero en una versión retorcida donde el príncipe azul solo quiere usarte para cazar a la bruja.
Llevaba un vestido azul marino de seda, sencillo pero elegante, que Ricardo había mandado traer. Me habían peinado y maquillado. Al verme en el espejo, no reconocí a la mujer que me devolvía la mirada. No parecía la sirvienta que talla pisos. Parecía una guerrera con armadura de satén.
El salón de baile del hotel en Polanco era un océano de diamantes, esmóquines y hipocresía. Candelabros gigantes, música de orquesta, meseros con guantes blancos. Entramos y sentí cómo cien pares de ojos se clavaban en nosotros. Los murmullos eran como un zumbido de abejas.
“Es ella… la niñera…” “Dicen que es la heroína…” “Dicen que es una cualquiera…”
Mantuve la cabeza en alto, agarrada del brazo de Ricardo, aunque por dentro estaba temblando. Harris y sus hombres estaban dispersos por el salón, vestidos de etiqueta, mezclándose con la multitud, pero con los auriculares puestos.
Y entonces, la vi.
Estaba junto a la fuente de champaña, rodeada de un grupo de señoras enjoyadas que la escuchaban con atención fingida. Llevaba un vestido verde esmeralda que gritaba dinero y un collar de diamantes que probablemente valía más que toda mi colonia.
Camila.
Se veía radiante, como si no hubiera pasado los últimos días drogada o conspirando. Esa era su magia: podía ponerse la máscara de sanidad en un segundo.
Me vio.
Su sonrisa no vaciló, pero sus ojos… sus ojos lanzaron dagas. Se disculpó con sus amigas y empezó a moverse entre la gente. No venía hacia nosotros directamente; se movía como un tiburón, dando vueltas, acercándose en círculos.
—Ahí viene —le susurré a Ricardo.
—Tranquila. Sigue el plan. Sepárate de mí. Ve a la terraza. Ahí están las cámaras de Harris.
—No me deje sola mucho tiempo —le pedí, sintiendo el pánico subir.
—Harris está contigo. Ve.
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