Llevaba un abrigo negro largo con el cuello levantado y lentes oscuros, aunque era de noche. Parecía un espectro. Una aparición de alta costura.
Me vio. Sabía que me vio porque se quitó los lentes lentamente. Sus ojos estaban hundidos, rodeados de maquillaje oscuro corrido, como si no hubiera dormido en días. Pero la mirada… la mirada era pura maldad concentrada.
Me acerqué al vidrio, temblando, pero asegurándome de que el seguro estuviera puesto.
Ella levantó una mano y apoyó la palma abierta contra el cristal. Luego, con un dedo lleno de anillos, golpeó suavemente. Toc. Toc. Toc.
Abrí la puerta corrediza solo una rendija, manteniendo la cadena de seguridad puesta. Sabía que era una estupidez, pero necesitaba saber qué quería. Necesitaba mirarla a los ojos y demostrarle que no me iba a esconder debajo de la cama.
—Estás violando la orden de restricción —dije. Mi voz sonó más firme de lo que me sentía—. Los guardias están a un botón de distancia.
Camila sonrió. Fue una sonrisa torcida, rota.
—Los guardias son hombres, Maya. Y a los hombres se les puede distraer, o comprar. Lidia tenía razón sobre ti. Eres valiente. O estúpida.
—Vete, Camila. Ricardo no está. Y Noah está dormido.
—No vine por ellos. Vine a verte a ti. —Se acercó más a la rendija. El olor a alcohol y perfume me golpeó—. Quería ver la cara de la rata que se metió en mi nido.
—No soy una rata. Soy la mujer que está cuidando a tu hijo mientras tú te drogas.
Su rostro se contorsionó. Por un segundo, pensé que iba a intentar romper el vidrio.
—¿Crees que ganaste? —susurró con veneno—. ¿Crees que porque tienes un videíto y a mi marido comiendo de tu mano ya eres la señora de la casa? Eres una moda, Maya. Eres la obra de caridad de Ricardo. Él se siente culpable, eso es todo. En cuanto se le pase la culpa, te va a ver como lo que eres: una sirvienta sin educación que huele a cloro.
—Prefiero oler a cloro que a decadencia —repliqué.
Camila soltó una carcajada seca, sin humor.
—Disfruta tu momento, cenicienta. Pero recuerda algo: las ratas como tú propagan enfermedades. Y yo soy la fumigadora. Ya empecé, Maya. Ya empecé a escarbar. Sé de tu madre. Sé del hospital de beneficencia donde la atienden. Sé de las deudas.
Me tensé.
—No te metas con mi madre.
—¿O qué? ¿Me vas a pegar? ¿Me vas a grabar? —Camila sacó un cigarrillo y lo encendió con manos temblorosas, echándome el humo en la cara a través de la rendija—. Voy a hacer que te quiten todo. Voy a hacer que te deporten a la miseria de donde saliste. Y cuando estés en la calle, pidiendo limosna, voy a pasar en mi coche y te voy a aventar una moneda.
—Ya vete —dije, cerrando la puerta de golpe y pasando el cerrojo.
Camila se quedó ahí parada, al otro lado del vidrio, fumando y sonriendo mientras la lluvia empezaba a caer de nuevo. Levantó la mano y me dijo adiós con los dedos, un gesto infantil y terrorífico.
Luego, se dio la vuelta y se desvaneció en la oscuridad del jardín, hacia donde sabía que había un punto ciego en las cámaras, un punto que solo Lidia conocía.
Me recargué contra la puerta, respirando agitadamente. Mis piernas finalmente cedieron y me deslicé hasta el suelo de la cocina.
El ataque legal era solo la distracción. La verdadera guerra era esta: el terror psicológico. Ella no quería ganarme en un tribunal. Quería quebrarme. Quería que yo saliera corriendo por mi propio pie.
Pero mientras miraba la oscuridad donde ella había desaparecido, sentí algo nuevo. No era miedo. Era claridad.
Ella había venido hasta aquí, arriesgándose a ser arrestada, solo para asustarme. Eso significaba una cosa: ella tenía miedo. Tenía miedo de mí. Tenía miedo de lo que yo representaba.
Me levanté del suelo. Fui al panel de seguridad y marqué el código de emergencia silenciosa para alertar a la compañía de seguridad externa, sin despertar a Noah.
—Ven con todo lo que tengas, bruja —susurré a la habitación vacía—. Porque yo no me voy a ir a ningún lado.
A la mañana siguiente, la guerra subió de nivel.
Estaba desayunando un café rápido en la cocina cuando Jaime entró corriendo, con la cara pálida. Traía un periódico sensacionalista en la mano, de esos de “nota roja” que venden en los semáforos.
—Maya… tienes que ver esto —dijo, poniendo el periódico sobre la mesa como si fuera una bomba.
Miré la portada.
Había una foto mía. Una foto vieja, de mi perfil de Facebook que no usaba hace años, mal editada para que me viera vulgar. Y al lado, una foto de Ricardo.
El titular, en letras amarillas y rojas, gritaba: “¿EL MAGNATE Y LA MUCAMA? EL ESCÁNDALO SEXUAL QUE DESTRUYÓ A LA FAMILIA HARRINGTON”.
Y abajo, en letras más pequeñas: “Fuentes aseguran que la empleada drogó a la esposa para quedarse con la mansión y el millonario”.
Sentí náuseas. Jaime me miraba con lástima.
—Ya está en internet también —dijo—. En Twitter es tendencia. Te están despedazando, Maya. Dicen cosas horribles.
Camila había cumplido su promesa. La fumigación había comenzado. No necesitaba ganarme en la corte; quería lincharme en la plaza pública.
Tomé el periódico. Mis manos temblaban, pero esta vez no era de miedo. Era de pura adrenalina.
—¿Ah, sí? —dije, arrugando el papel—. Pues si quieren un show, les vamos a dar un show. Pero no el que ellos creen.
Subí al estudio de Ricardo. Él estaba ahí, viendo las noticias en la televisión, con el rostro desencajado.
—Lo siento, Maya —dijo cuando me vio—. Intentamos detener la publicación, pero…
—No lo sienta —lo interrumpí—. Úselo.
—¿Qué?
—Ella quiere jugar sucio en la prensa. Quiere que yo me esconda. Quiere que me avergüence. Pues no. —Me acerqué al escritorio—. Vamos a dar una conferencia de prensa. Usted y yo. Juntos.
—Te van a comer viva —advirtió Ricardo—. Los reporteros son buitres.
—Que vengan. Tengo la verdad, tengo el video certificado, y tengo a las enfermeras del hospital que ya dijeron que van a hablar. Si Camila quiere una guerra de relaciones públicas, vamos a ver quién tiene la cara más limpia.
Ricardo me miró. Por un momento, vi al tiburón de los negocios, al hombre que había construido un imperio, despertando de su letargo depresivo. Sonrió. Fue una sonrisa pequeña, peligrosa.
—Harris —llamó a su jefe de seguridad por el intercomunicador—. Prepara el coche. Y llama a mis publicistas. Maya tiene una idea.
La Guerra Fría se había acabado. El fuego acababa de empezar.
CAPÍTULO 4: EL CONTRAATAQUE
El miedo tiene un sabor específico. Sabe a óxido, a bilis y a café frío de las seis de la mañana.
Estábamos en la “sala de guerra”, como Ricardo había bautizado a su estudio. Eran las ocho de la mañana del día siguiente a la publicación del artículo difamatorio. Harris, el jefe de seguridad —un exmilitar que parecía hecho de granito y pocas palabras— estaba revisando los puntos de entrada del Hospital San Esteban, donde daríamos la conferencia de prensa.
—Van a estar como zopilotes —advirtió Harris, ajustándose el auricular—. La prensa de espectáculos huele sangre. Camila y sus abogados ya soltaron el rumor de que Ricardo te compró un departamento en Miami para callarte.
—Que digan misa —dije, alisándome la falda del traje sastre negro que Ricardo había mandado traer para mí. Me sentía disfrazada. Yo era mujer de jeans y tenis, o de uniforme gris. Este traje de lana fina me picaba, pero me hacía ver como lo que necesitaba ser: intocable.
Ricardo entró ajustándose los gemelos de la camisa. Se veía decidido, pero había un temblor casi imperceptible en sus manos.
—¿Estás lista, Maya? —preguntó—. Una vez que salgamos ahí, no hay vuelta atrás. Tu cara va a estar en todos lados. Ya no serás anónima.
—Mi cara ya está en todos lados, señor, y con mentiras —repliqué, tomando mi bolso—. Prefiero que me conozcan por decir la verdad que por ser la “amante trepadora” que inventó su exmujer.
Subimos a la camioneta blindada. El trayecto hacia el hospital fue silencioso. Yo miraba por la ventana polarizada la Ciudad de México, gris y caótica, pensando en mi mamá. La habíamos trasladado anoche a una clínica privada con seguridad 24 horas, cortesía de Ricardo. “Para su protección”, dijo él. “Para que no sea un blanco”, entendí yo.
Al llegar al hospital, el flashazo de las cámaras fue cegador. Eran decenas. Micrófonos con logotipos de todas las cadenas, bloggers con celulares, gente gritando preguntas obscenas.
—¡Ricardo! ¿Es verdad que dejaste a tu esposa por la niñera? —¡Maya! ¿Cuánto cobraste por el video falso?
Harris y sus hombres nos abrieron paso a empujones hasta el podio improvisado en la escalinata. Las enfermeras del turno de aquel día, incluida Elena, estaban ahí paradas, con sus uniformes blancos, como un muro de contención moral. Ellas eran mi ejército.
Ricardo tomó el micrófono primero. El murmullo cesó.
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