CAPÍTULO 1: SANGRE EN EL PISO DE MÁRMOL
El silencio en la mansión Harrington no era paz; era ese tipo de calma tensa que sientes antes de que se suelte un tormentón en pleno agosto. Era un silencio caro, de esos que solo el dinero puede comprar, aislado del ruido del tráfico de la ciudad, de los cláxones y de la vida real que sucedía allá afuera, donde la gente como yo se parte el lomo para sobrevivir.
Llevaba apenas un mes trabajando allí, en esa fortaleza de Las Lomas, rodeada de muros altos y guardias de seguridad que te miraban como si fueras a robarte los cubiertos con solo respirar. Me llamo Maya. Tengo 29 años, y la única razón por la que aguantaba la humillación diaria, las miradas de desprecio y el dolor de espalda, era mi madre. Su tratamiento de diálisis no se pagaba solo, y el salario que ofrecían los Harrington era el doble de lo que ganaba en cualquier otro lado. Así que aprendí a ser invisible. Aprendí a tragarme el orgullo cada vez que la señora Camila me chasqueaba los dedos como si fuera un perro. Aprendí a decir “sí, señora”, “enseguida, señora”, mientras por dentro me imaginaba mandándola muy lejos.
Esa tarde, el aire acondicionado estaba tan fuerte que me calaba los huesos a través del uniforme. Llevaba una bandeja de plata —pesadísima, por cierto— con el juego de té de porcelana que costaba más que la casa donde crecí. Mis pasos sobre el mármol pulido eran lo único que se escuchaba. Tac, tac, tac. Un ritmo hipnótico que me ayudaba a no pensar en las facturas vencidas que había dejado sobre la mesa de mi cocina esa mañana.
Y entonces, sucedió.
No fue un llanto normal. No fue el berrinche de un niño que quiere un juguete. Fue un grito. Un alarido agudo, roto, lleno de un terror que ningún bebé de un año debería conocer jamás.
—¡Maldita gata igualada, juro que vas a pagar por cada gota de sangre!
La voz de Camila siguió al llanto del niño, rasgando el aire como un cuchillo oxidado.
Me quedé helada a mitad del pasillo. Las tazas de porcelana chocaron entre sí en la bandeja, clin-clin-clin, delatando el temblor de mis manos. Conocía los gritos de la señora Camila; solía gritarle al servicio, a su marido por teléfono, incluso a su propia imagen en el espejo cuando la ropa no le quedaba bien. Pero esto… esto tenía un tono diferente. Había una viscosidad en su voz, una arrastrada de palabras que me puso la piel de gallina.
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