Lo era.
No porque ganara, sino porque me elegí a mí misma.
La gente suele pensar que la fuerza llega a gritos, como la ira o la confrontación. Sin embargo, mi fuerza llegó silenciosamente, en documentos firmados, límites impuestos y silencios rotos en el momento justo.
Una noche, cuando el sol se fundía con el mar, me senté en el porche con una taza de té y reflexioné sobre lo cerca que estuve de renunciar a todo: mi casa, mi paz, mi dignidad, solo para evitar un conflicto.
Y me di cuenta de algo importante:
Si me hubiera ido esa noche, como sugirió Margaret, no solo habría perdido una casa. Me habría perdido a mí misma.
En cambio, me quedé.
Aprendí que el amor sin respeto es un contrato destinado al fracaso. Que el matrimonio no borra la propiedad, ni de la propiedad ni de sí misma. Y que, a veces, lo más valiente que una mujer puede hacer es dejar de explicar su valor a quienes se benefician ignorándolo.
La casa sigue en pie junto al mar. Las olas regresan cada noche, pacientes e implacables. Me recuerdan que los límites, como las costas, existen por una razón.
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