Me ignoró.
Por la tarde, había reorganizado los muebles del salón. Por la noche, criticó mi cocina. Daniel no dijo nada. Cada silencio suyo sonaba más fuerte que sus insultos.
Esa noche, no lloré. Observé.
Noté cómo Margaret le hablaba a Daniel: cómo lo interrumpía, lo corregía, decidía por él. Noté cómo se encogía a su lado, con qué facilidad se desentendía de la responsabilidad. Y también noté algo más: ninguno de los dos había preguntado a nombre de quién estaba la escritura.
Durante la semana siguiente, Margaret me trató como a una invitada en mi propia casa. Se despertaba temprano y hacía llamadas en voz alta. Invitaba a familiares sin preguntar. Se quejaba del aire marino, del barrio y de mi “actitud”.
Daniel no dejaba de decir: “Es que es anticuada” o “No le demos tanta importancia”.
Pero el silencio no es neutralidad. El silencio es una elección.
Una tarde, escuché a Margaret al teléfono.
"Se calmará pronto", dijo. "Las mujeres siempre lo hacen".
Fue entonces cuando llamé a mi abogado.
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