Debajo de mi foto en traje de baño con mi marido, nuestra propia hija escribió comentarios hirientes: Decidí darle una lección.

El verdadero punto de inflexión: lo que su comentario reveló… y lo que ya no quería dejar sin abordar.

¿Lo más sorprendente? No fue a Léna a quien finalmente enfrenté, sino a mí misma. Su mensaje simplemente reavivó inseguridades que creía haber resuelto: mis curvas, mis arrugas, mi cuerpo que ha vivido, amado, llevado, envejecido.

En Francia, se habla mucho de  la positividad corporal , pero seamos sinceros: no es tan fácil mirarse al espejo y decir sinceramente "Me acepto". Sin embargo, es esencial, y no solo para los jóvenes.

Me di cuenta de que Lena, como tantos otros, había crecido en un mundo donde la presión de conformarse con las apariencias es omnipresente. Quizás no pretendía herir a nadie; quizás simplemente repetía una idea demasiado común: que hay que "ocultar" lo que cambia. Una idea a la que decidí negarme rotundamente.

Lo que finalmente entendí… y lo que me gustaría que cada mujer recordara

Hoy, no he recuperado del todo mi antigua ligereza, pero sigo adelante. Estoy aprendiendo a valorar mi cuerpo de nuevo, como redescubrir una vieja foto llena de recuerdos. A aceptar que mis curvas cuentan una historia. A demostrarle a Léna —y a mí misma— que un traje de baño no tiene edad y que un cuerpo que ha vivido sigue siendo un cuerpo hermoso,  digno de celebrar .

Porque, al final, la lección más valiosa no fue para ella: fue para mí. Y quizás también para ti, que lees estas líneas.

Una frase me guía ahora: mi cuerpo merece ser celebrado, no escondido.

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