Me mudé al pequeño apartamento de una amiga. Dormí en su sofá, pero no me importó. Todos los días estudiaba el papeleo con Arturo. Entre ellos, encontré una grabación de David:
—Ana, si estás viendo esto, significa que me he ido. Confío en ti por encima de todo. No tengas miedo, la fuerza es tuya.
Lloré, pero ese mensaje se convirtió en mi mayor impulso.
El enfrentamiento en los tribunales
En la primera audiencia, vestía traje negro y me temblaban las piernas. Isabel y Fernando estaban allí sentados, arrogantes en su influencia.
—¿De verdad crees que puedes vencernos? —susurró Isabel con desprecio.
Nuestro abogado reveló el testamento secreto. Por primera vez, noté el miedo reflejado en sus rostros. La guerra había comenzado.
Los medios de comunicación estaban
El clan Rodríguez desplegó a abogados de renombre y comenzó una campaña de desprestigio: «Viuda de provincia buscando millones». Me pintaron como una cazafortunas. Perdí amigos, perdí mi trabajo en la biblioteca, pero nunca mi determinación.
Los aliados inesperados
Cuando me sentí completamente abandonado, apareció un aliado decisivo: Don Ramírez, un antiguo accionista de la empresa
—Tu esposo defendía la integridad. Confiaba en ti. Yo también lo haré.
Con su apoyo destapamos la corrupción que incriminaba directamente a Fernando.
La sentencia
En el juicio final, sus abogados gritaron, me insultaron y me llamaron fraude. Pero las pruebas eran innegables
El juez declaró auténtico el testamento y me otorgó la mitad de los bienes. El silencio invadió la sala. Isabel palideció, Fernando apretó los puños. Por primera vez, exhalé aliviado.
Una nueva vida
No solo heredé dinero y acciones, heredé responsabilidades. Cuando me uní a la junta directiva, ya no era la tímida bibliotecaria que despidieron. Era una mujer con voz y autoridad
—“A partir de hoy, custodiaré el legado de David”, anuncié con firmeza.
