—Sólo quería asegurarme de que estuvieras bien —dije en voz baja.
Por un momento, no dijo nada. Luego se hizo a un lado para dejarme entrar. La lluvia tamborileaba suavemente afuera, llenando el silencio entre nosotros.
Volví a mirar nuestra foto, luego a ella. Los recuerdos me abrumaron. Extendí la mano, le rocé la mejilla y, sin poder contenerme, la acerqué a mí.
Ella no se resistió. Nos quedamos allí, aferrándonos a lo que habíamos perdido, dejando que la lluvia se llevara años de dolor.
Por la mañana, la tormenta había amainado. Ella dormía plácidamente a mi lado, con la mano apoyada en la manta. Sabía que cruzar esa línea estaba mal, pero también lo sentí como un perdón. Para ambos.
Antes de irme escribí una nota:
“No sé qué nos depara el futuro, pero siempre estaré aquí si me necesitas”.
Semanas después, llegó a mi oficina una carta escrita a mano por ella:
No me arrepiento de esa noche lluviosa. Solo quiero que seas feliz. Que siga siendo nuestro recuerdo más bonito.
A veces, todavía paso por delante de ese viejo edificio. La pequeña maceta que cuidaba sigue ahí, en el alféizar.
Nunca entro en mí, solo miro hacia arriba y sonrío suavemente, sabiendo que algunos amores nunca terminan del todo. Simplemente encuentran un lugar tranquilo en nuestros corazones y se quedan ahí para siempre.
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