Cuando fui a casa de mi exesposa después de cinco años de divorcio, me impactó ver la foto colgada en la pared. Había hecho algo inmoral…

—Sólo quería asegurarme de que estuvieras bien —dije en voz baja.

Por un momento, no dijo nada. Luego se hizo a un lado para dejarme entrar. La lluvia tamborileaba suavemente afuera, llenando el silencio entre nosotros.

Volví a mirar nuestra foto, luego a ella. Los recuerdos me abrumaron. Extendí la mano, le rocé la mejilla y, sin poder contenerme, la acerqué a mí.

Ella no se resistió. Nos quedamos allí, aferrándonos a lo que habíamos perdido, dejando que la lluvia se llevara años de dolor.

Por la mañana, la tormenta había amainado. Ella dormía plácidamente a mi lado, con la mano apoyada en la manta. Sabía que cruzar esa línea estaba mal, pero también lo sentí como un perdón. Para ambos.

Antes de irme escribí una nota:

“No sé qué nos depara el futuro, pero siempre estaré aquí si me necesitas”.

Semanas después, llegó a mi oficina una carta escrita a mano por ella:

No me arrepiento de esa noche lluviosa. Solo quiero que seas feliz. Que siga siendo nuestro recuerdo más bonito.

A veces, todavía paso por delante de ese viejo edificio. La pequeña maceta que cuidaba sigue ahí, en el alféizar.

Nunca entro en mí, solo miro hacia arriba y sonrío suavemente, sabiendo que algunos amores nunca terminan del todo. Simplemente encuentran un lugar tranquilo en nuestros corazones y se quedan ahí para siempre.

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