Porque entendió algo que nunca había imaginado:
No perdió a un hijo.
Ganó una familia más grande.
El amor verdadero no compite.
No reclama.
No se impone.
El amor verdadero se comparte.
Y en ese pequeño pueblo costero, entre el olor a pan y el sonido del mar,
Mateo descubrió que criar a un niño no es poseerlo…
es enseñarle que siempre tendrá un lugar al que volver.
