—Aquí nació el corazón de mi hijo —le dijo—. Este lugar también es parte de su historia.
Mateo no se volvió rico.
Pero su panadería creció.
Pudo contratar a dos ayudantes.
Pudo vivir con un poco más de tranquilidad.
Y cada vez que Leo regresaba, la casa volvía a llenarse de vida.
Un día, mientras caminaban juntos por la orilla del mar, el niño tomó su mano y dijo:
—Tengo dos papás… y eso es mejor que tener uno.
Mateo sonrió con los ojos húmedos.
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