Mateo vivía en un pequeño pueblo costero donde casi todos se conocían. Su casa era humilde, de paredes blancas y ventanas abiertas al mar. No tenía grandes ambiciones ni sueños de riqueza. Trabajaba como panadero y cada madrugada se levantaba antes del amanecer para encender el horno. Su vida era sencilla, silenciosa… hasta aquella noche que lo cambió todo.
Fue una madrugada fría cuando encontró al niño. Estaba envuelto en una manta, dejado frente a la puerta de la iglesia del pueblo. Mateo había salido temprano para preparar el pan y, al pasar, escuchó un llanto débil. Miró alrededor, pero no había nadie. Solo aquel bebé, tan pequeño que apenas podía sostener la cabeza.
Esperó. Pensó que alguien volvería. Nadie regresó.
Esa mañana, Mateo tomó una decisión que no pensó demasiado. Lo llevó a casa. Lo alimentó. Lo cuidó. Y cuando pasaron los días y nadie preguntó por él, entendió que aquel niño se había convertido en parte de su vida. Lo llamó Leo.
Pasaron los meses. Luego los años.
Leo creció entre sacos de harina, olor a pan recién hecho y tardes jugando frente al mar. Para el pueblo, Mateo era simplemente su padre. Nadie dudaba de eso. Y Mateo tampoco. Nunca le habló del pasado. No quería que el niño cargara con una historia de abandono.
No era una vida fácil. El dinero siempre alcanzaba justo. Había días en los que Mateo cenaba poco para que Leo pudiera comer mejor. Pero nunca se quejó. Cada sonrisa del niño lo compensaba todo.
—Papá —le decía Leo—, cuando sea grande quiero ser como tú.
Y Mateo sentía que el corazón se le llenaba.
Durante tres años vivieron así. Felices, dentro de su sencillez.
Hasta que una tarde, algo cambió.
Mateo comenzó a notar un coche negro estacionado a veces cerca de su casa. No era común ver vehículos así en el pueblo. Pensó que serían turistas. No le dio importancia. Pero el coche apareció más de una vez.
Una semana después, alguien llamó a la puerta.
Mateo abrió… y se encontró con una mujer elegante, vestida de forma impecable. Sus ojos estaban rojos, como si llevara horas llorando. Detrás de ella, un hombre trajeado permanecía en silencio.
—¿Usted es Mateo? —preguntó ella con voz temblorosa.
Mateo asintió, confundido.
La mujer respiró hondo y dijo una frase que lo dejó sin aire:
—El niño que vive aquí… es mi hijo.
El mundo se detuvo.
Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.
