Actualmente, estoy sentada en una pequeña cafetería en Roma, escribiendo estas líneas. La renta mensual del departamento “regalo de bodas” me permite vivir como una reina.
Sofía y Mateo están viviendo apretados en un cuarto pequeño en casa de su suegra, donde la nuera “aristócrata” tiene que aprender a lavar platos y aguantar regaños todos los días. Mi teléfono sigue mostrando docenas de llamadas perdidas de Sofía a diario. Mensajes de disculpa interminables, contando sus desgracias.
No contesto. No la he bloqueado, pero no contesto. Quiero que sepa que sigo aquí, que vivo bien, y que mi silencio es mi respuesta más contundente.
¿Tengo el corazón roto? Sí. Duele mucho. Pero prefiero llorar en una góndola en Venecia que llorar en una casa donde me tratan como un accesorio desechable.
La lealtad es un camino de dos vías. Cuando quemaste el puente hacia mí, también cortaste el camino de regreso.
¿Creen que fui demasiado cruel? ¿O es esta la lección que una hija malagradecida merecía recibir?
