El día de la boda llegó. Me quedé en casa, apagué el teléfono y abrí una botella de vino caro que había guardado para ese día. Bebí sola, saboreando el gusto amargo del vino y de la vida.
Jorge regresó a medianoche, con el traje desaliñado y cara de furia. Me contó que Brenda convirtió la boda en un circo. Se emborrachó hasta perder la conciencia, le quitó el micrófono a la banda para cantar desafinado, coqueteó con el suegro de Mateo y terminó vomitando en el baño. La “foto familiar perfecta” que Sofía tanto deseaba fue una imagen de Brenda con los ojos perdidos y el labial corrido, apoyada en un Jorge lleno de asco.
El domingo por la mañana, los recién casados pasaron por nuestra casa después de su noche de bodas. Sofía entró radiante, pero arrastrando a Brenda, quien llevaba gafas de sol para ocultar los ojos hinchados por la resaca.
“¡Ya llegamos!” gritó Sofía, sin mostrar ni una pizca de remordimiento por mi ausencia. “¡Mariana, qué pena que no fuiste, estuvo increíble! Bueno, venimos por las llaves del depa. Mateo ya tiene las cajas en la camioneta.”
Yo estaba sentada en el sofá, sosteniendo un sobre grueso de color marrón. “Siéntense,” dije con voz calmada.
Sofía extendió la mano, esperando ansiosa el juego de llaves brillantes. En su lugar, puse el sobre en su mano.
Sofía lo abrió. Su sonrisa se borró. Sacó un fajo de papeles, los hojeó confundida, frunciendo el ceño. “¿Qué es esto? ¿Un contrato… de arrendamiento?”
“Así es,” tomé un sorbo de té. “Es un contrato de alquiler. Por dos años. El inquilino ya pagó el depósito y se muda mañana.”
El silencio en la sala era total. “No entiendo…” la voz de Sofía temblaba. “Pero… ¡esa casa es mía! ¡Dijiste que era mi regalo de bodas!”
“Ese era el regalo de bodas para mi hija,” la miré directo a los ojos, con una mirada afilada como un cuchillo. “Para la niña que me llamaba mamá, la que valoraba mi amor. Pero el jueves, en la cafetería, me dejaste muy claro que yo no soy tu madre. Que solo fui ‘útil’. Que soy la ‘madrastra’.”
Me giré hacia Brenda, que miraba desconcertada pero empezando a oler el peligro.
“Las madrastras no tienen la obligación de regalar casas millonarias, Sofía. Eso lo hacen las madres. Y ya que elegiste a tu madre biológica, tan ‘clásica’ y con tanto ‘estilo’…” señalé a Brenda, “supongo que ella te dará un techo.”
“¡Pero Brenda no tiene dinero!” gritó Sofía, rompiendo a llorar. “¡Tú sabes que ella no tiene nada! ¡Lo prometiste! ¡No puedes hacer esto!”
“Tú también prometiste que yo era tu familia,” respondí secamente. “Tú rompiste el trato primero. El departamento está a mi nombre. Es mi dinero. Usé el dinero de los primeros 6 meses de renta para pagar mis boletos de avión y hoteles para un viaje por Europa de 3 meses. Me voy a Italia, Francia, España… lugares a los que nunca fui por ahorrar para pagar tu universidad.”
Sofía se volvió hacia Jorge, gritando: “¡Papá! ¡Dile algo! ¡Me está robando mi casa!”
Jorge dejó su periódico. Por primera vez en años, vi una firmeza absoluta en los ojos de ese hombre amable. “Mariana tiene razón. Tú elegiste a tu ‘familia real’ para la foto. Ahora pídele a tu ‘familia real’ que te mantenga. Estoy muy decepcionado de ti, Sofía. Tu ingratitud me da asco.”
Sofía cayó al suelo, llorando desconsolada, diciendo que era el estrés, que Brenda la había manipulado. Y en ese momento, la verdadera naturaleza salió a la luz.
Brenda, al darse cuenta de que la “mina de oro” del departamento había desaparecido, se levantó de golpe. Se sacudió la ropa, miró a Sofía arrodillada en el suelo con desprecio y dijo: “Pensé que esto sería diferente, resulta que solo eres la hija de una vieja tacaña. Me voy, no tengo tiempo para este drama de pobres.”
Salió por la puerta sin decirle una sola palabra de consuelo a la hija con la que acababa de reunirse. Una vez más, Brenda abandonó a Sofía en cuanto se acabó el interés.
“Mira, Sofía,” señalé la puerta. “Ahí va tu sangre. Corre, alcánzala. A ver si ella te deja vivir bajo algún puente.”
Los eché a todos de mi casa.
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