Ni una sola palabra.
Los mejores especialistas lo habían catalogado como un trauma irreversible.
Damian Caruso lo llamaba su mayor fracaso como padre.
Clara se acercó a la mesa, obligándose a poner la conocida máscara de profesionalidad.
Lo único que quería era terminar su turno e irse a casa, sobre todo hoy.
Porque hoy se cumplían dos años de la peor noche de su vida.
La noche en que despertó en una clínica y le dijeron que su bebé había nacido muerto.
Desde entonces, había aprendido a sobrevivir.
A funcionar.
A fingir que el vacío en el pecho no se encendía cada vez que oía reír a un niño.
Se inclinó para servir el agua.
Su muñeca rozó el mantel blanco.
Y en ese exacto instante—
Un aroma tenue se elevó entre ellas.
Vainilla barata. Loción de lavanda.
La reacción fue inmediata.
Los dedos de Leah se aflojaron.
El conejito se le resbaló de las manos.
Unos ojos que un segundo antes habían estado vacíos se clavaron de pronto en el rostro de Clara con una intensidad desesperada que le heló la piel.
Entonces la niña estiró la mano y agarró las cintas del delantal de Clara.
Con fuerza.
Tan fuerte que sus nudillos diminutos se pusieron blancos.
Como si le aterrara que Clara desapareciera si parpadeaba.
Clara se quedó paralizada.
Un dolor agudo le atravesó el pecho: un instinto que creía haber enterrado hacía mucho.
Y entonces—
lo imposible.
Un sonido, áspero y tembloroso, escapó de la garganta de la niña que nunca había hablado.
—Ma…
Damian Caruso se tensó.
Su mano se movió por instinto—rápida, sutil, peligrosa—como si fuera a buscar algo sin lo que nunca iba a ninguna parte.
El restaurante quedó sumido en un silencio tan profundo que parecía irreal.
Entonces Leah gritó, lo bastante fuerte para desgarrarlo:
—¡MAMÁ!
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