Con la hija del jefe de la mafia nunca se le había escapado una palabra… hasta que señaló a la camarera y dijo una sola:

Mamá.
—No lo mires. No respires demasiado fuerte.
El gerente del restaurante más exclusivo de Manhattan le escupió la advertencia al oído a Clara Monroe.
—Sirve el agua y desaparece.
Clara asintió, tirando de las cintas del delantal para ocultar el temblor de sus manos.
Pero en cuanto Damian Caruso cruzó la puerta, toda la sala cambió.
El aire se volvió pesado, como si incluso las lámparas de cristal contuvieran la respiración.
Caruso no era solo rico.
Era el tipo de hombre que la gente evitaba mencionar, a menos que quisiera desaparecer de las conversaciones para siempre.
Frío. Controlado. Intocable.
Y, sin embargo, la verdadera tensión no venía de él.
Venía de la pequeña sillita alta a su lado.
Leah. Dos años.
La niña estaba sentada perfectamente inmóvil, abrazando un conejito de terciopelo gastado como si fuera lo último seguro que quedaba en el mundo.
No hablaba.

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