Desde ese día, Emily se hizo cargo del cuidado de Margaret cada noche. Le limpiaba la piel con suavidad, le aplicaba el ungüento y se aseguraba de que pudiera descansar plácidamente. Poco a poco, la salud de Margaret empezó a mejorar y la risa regresó a la casa.
Daniel finalmente pudo volver a dormir al lado de su esposa, sus hombros ya no estaban pesados por la preocupación.
Todas las noches, antes de apagar la luz, Emily lo miraba y pensaba:
El amor no siempre se trata de romance ni de palabras bonitas.
A veces, se trata de comprender lo que la otra persona lleva en silencio y elegir llevarlo consigo.
Si no lo hubiera seguido esa noche, podría haber pasado toda su vida resentida con el hombre que amaba, sin darse cuenta de que su silencio no era negligencia, sino la forma más pura de amor
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