Roberto Hernández prometió regresar para Navidad, pero su Kenworth azul se desvaneció en la carretera.
Diciembre de 1990, Guadalajara. Roberto Hernández se preparaba para su último viaje a Acapulco. Tenía que entregar un cargamento de refrescos para las fiestas. "Mañana estaré aquí para la posada", prometió a su esposa María y a su hijo Javier.
Aquella madrugada del 22 de diciembre, Roberto despertó con una sensación extraña. Las campanas de San Juan de Dios repicaban mientras él tomaba su café de olla. Su Kenworth azul marino, su orgullo, lo esperaba afuera. María, preocupada por sueños extraños, le entregó una estampa de la Virgen de Guadalupe. Eran las 4:30 a.m. cuando el motor rugió y Roberto partió, sin saber que era la última vez que vería su casa.
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