Alejandro miró a sus hijos, y luego a ella.
—No entendía que la libertad sin amor… se siente como una casa vacía.
Lucía lo observó en silencio, como siempre, midiendo si las palabras venían con hechos detrás. Y Alejandro, en lugar de prometer, sacó del bolsillo una cajita pequeña.
Lucía abrió los ojos, alarmada.
—No… Alejandro…
—No te estoy pidiendo que olvides —dijo él—. Ni que confíes porque sí. Te estoy pidiendo que sigamos eligiéndonos, despacio. Que lo intentemos, sin máscaras. Yo ya no quiero huir.
Lucía se llevó una mano a la boca. Emilia, como si entendiera el momento, estiró los brazos hacia su mamá.
Lucía la tomó, y el peso de su hija le dio una calma extraña. Miró a Alejandro, a la cajita, a Mateo riéndose con la pelota… y finalmente asintió, con lágrimas.
—Sí —susurró—. Pero con una condición.
Alejandro sonrió, casi riendo de nervios.
—La que sea.
—Que nunca vuelvas a decidir por nosotros sin escucharnos.
Alejandro cerró los ojos un segundo, agradecido.
—Hecho.
Cuando se abrazaron, no fue el abrazo perfecto de película. Fue un abrazo real: cansado, tembloroso, lleno de historia. Y, aun así, fue el abrazo más seguro que Alejandro había sentido en su vida.
Detrás de ellos, la ciudad seguía con su ruido. Pero ahí, en ese parque, el futuro por fin se veía simple de verdad: no porque no hubiera retos, sino porque ya no estaban solos.
Y, por primera vez, Alejandro Cruz entendió que lo más valioso que podía construir no era una empresa.
Era un hogar.
