Renunció a las reuniones de madrugada. Reestructuró su empresa para delegar. Hizo que Tomás redactara acuerdos claros de custodia y responsabilidad, pero sin frialdad: como un compromiso, no como un contrato.
Y fue a enfrentar a su madre.
—¿Qué hiciste? —le preguntó, con la voz rota, en la sala enorme de la casa familiar en Las Lomas.
Doña Teresa, impecable, lo miró con una dignidad que ya no alcanzaba a tapar la culpa.
—Te protegí.
—Me quitaste una vida —respondió Alejandro—. Me quitaste a mis hijos durante cuatro meses. Y casi me quitas la oportunidad de ser alguien mejor.
La conversación fue dura. Larga. Sin melodrama, pero con heridas abiertas. Al final, su madre lloró por primera vez en años y aceptó algo que nunca había aceptado: que no podía controlar todo.
Los meses siguientes fueron un aprendizaje torpe y hermoso.
Alejandro cambió pañales con manos temblorosas. Se durmió sentado con Emilia en el pecho. Aprendió que el llanto no siempre se “soluciona”, a veces solo se acompaña. Lucía, al principio, no aflojaba la guardia. Y estaba bien. La confianza no era un botón. Era una construcción.
Renata, cuando Alejandro le contó la verdad, lo miró en silencio. Después, exhaló.
—Yo pensé que quería una vida contigo —dijo—. Pero no quiero ser un obstáculo en algo así. Y… tampoco quiero que me elijan por comodidad. Si te vas a quedar, que sea por amor.
Se despidieron con respeto. Sin villanos. Solo con verdad.
Un año después, en un parque de Coyoacán, Mateo corría con pasos torpes detrás de una pelota, y Emilia gritaba de risa en los brazos de Alejandro. Lucía los miraba desde una banca, con un café en mano y el sol pegándole en la cara.
Alejandro se sentó a su lado.
—¿Te acuerdas del día en que terminamos? —preguntó.
Lucía sonrió con tristeza.
—Sí. Dijiste que querías libertad.
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