Se quedó inmóvil al verlo.
—…Alejandro —dijo, sin levantar la voz, como si temiera despertar a los niños.
El bebé de la mantita rosa emitió un quejido. Lucía lo calmó con un “shhh” automático.
Alejandro tragó saliva.
—Te vi ayer. En Reforma.
Lucía lo miró con una calma tensa.
—No pensé que me reconocieras.
—¿Quiénes son? —preguntó él, y odió cómo le tembló la voz—. Lucía… dime la verdad.
Ella sostuvo su mirada unos segundos que parecieron eternos. Luego, con cuidado, se hizo a un lado.
—Pasa. Pero habla bajito.
El departamento era pequeño, cálido, lleno de vida. Había una alfombra con juguetes, biberones en la cocina, una lista pegada al refri con vacunas y horarios. Nada de lujo. Todo de amor y supervivencia.
Lucía dejó a los bebés en un moisés doble. El niño —azul— miró a Alejandro con unos ojos grises que le dieron un golpe directo al estómago. La niña —rosa— frunció la boca, como molesta por la interrupción.
—Se llaman Mateo y Emilia —dijo Lucía—. Cuatro meses.
Alejandro respiró hondo, como si el aire pesara.
—¿Son míos?
Lucía apretó los labios. La respuesta estaba escrita en sus ojos antes de que hablara.
—Sí.
El mundo se le inclinó. Alejandro se apoyó en el respaldo de una silla.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Lucía lo miró con una mezcla de tristeza y firmeza.
⬇️Para obtener más información, continúa en la página siguiente⬇️
Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.
