—Nadie —respondió demasiado rápido—. Solo… me distraje.
Renata no insistió. Era madura, y a Alejandro le gustaba eso. O creía que le gustaba. Porque, por dentro, algo se le estaba derrumbando como un edificio mal cimentado.
Esa noche, en el restaurante caro, la carne le supo a cartón. El vino no le calentó nada. Renata hablaba de su próxima exposición y de un viaje a Valle de Bravo, pero Alejandro solo veía un cruce peatonal, una mujer tarareando, dos mantitas: azul y rosa.
Cuando dejó a Renata en su departamento en Santa Fe, ella lo besó en la mejilla.
—No dejes que lo que sea te coma vivo —dijo, suave.
Alejandro asintió, pero apenas cerró la puerta del elevador, supo que no iba a dormir.
En su penthouse, la vista era perfecta: luces de Reforma como una serpiente luminosa, la ciudad a sus pies. Y aun así, el lugar se sentía vacío. Demasiado ordenado. Demasiado frío.
A las dos de la mañana, marcó el número de Tomás, su abogado y amigo de confianza.
—Necesito ubicar a alguien —dijo, sin rodeos—. Sin chismes, sin prensa, sin… porquerías. Solo… necesito hablar con ella.
Tomás tardó un segundo.
—¿Lucía Hernández?
Alejandro cerró los ojos.
—Sí.
—Te mando una dirección. Y, Alejandro… si vas a abrir una puerta, entra con respeto. No con orgullo.
A la mañana siguiente, bajo una llovizna fina, Alejandro estuvo cuarenta minutos parado frente a un edificio modesto en la Roma Sur, mirando el timbre del 3B como si fuera un botón de detonación.
Finalmente tocó.
Lucía abrió con un bebé en brazos y el otro apoyado en su hombro. Tenía ojeras, el suéter manchado de leche, el pelo recogido con una liga cualquiera. Y, aun así, a Alejandro le pareció más hermosa que nunca, porque esa imagen no era para impresionar a nadie: era real.
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