BILIONARIO LLEVABA A SU PROMETIDA A CASA, HASTA QUE VIO A SU EX CRUZANDO EL PASO DE PEATONES CON GEMELOS
Alejandro Cruz ajustó el nudo de su corbata con un gesto automático y miró de reojo el reflejo de su Rolex en el vidrio oscuro del tablero. El tráfico de Paseo de la Reforma avanzaba a saltos, brillante y lento, como si la ciudad se estuviera desperezando antes de la hora pico. A su lado, Renata Villarreal revisaba su labial con la tranquilidad de quien está acostumbrada a que el mundo le haga espacio.
—De verdad no entiendo cómo conseguiste mesa hoy —dijo ella, acomodándose los lentes de diseñador—. El lugar está lleno siempre. Te juro que mi amiga lleva dos meses intentando.
Alejandro sonrió sin despegar la vista del camino.
—Cuando uno firma contratos de energía para medio país, de repente aparecen mesas… y milagros —bromeó, aunque el chiste sonó más cansado de lo que quería.
Renata soltó una risita ligera. Ella era eso: ligera. Bonita, exitosa, independiente. Y, sobre todo, “sin complicaciones”. Era el tipo de relación que Alejandro se había prometido tener después del desastre emocional de un año atrás. A los cuarenta, con un imperio de parques solares y eólicos en su nombre, había aprendido a blindar su vida privada como blindaba sus inversiones.
No más promesas. No más discusiones sobre “cómo nos vemos en diez años”. No más insinuaciones de bebés y cenas familiares que lo hacían sentir atrapado.
La luz del semáforo cambió a rojo y Alejandro frenó con suavidad. El motor del SUV de lujo ronroneó como un felino contento. Renata le tomó la mano.
—Me encanta que ya no vivas con ese estrés eterno. Al principio, cuando salíamos, parecías… no sé… un huracán.
“Huracán”. Así le había dicho también Lucía.
Y solo con pensar ese nombre, el pecho se le apretó.
Lucía Hernández: su ex prometida. La mujer con la que estuvo a punto de casarse, la que olía a café recién hecho y cantaba sin darse cuenta cuando cocinaba. La que, una noche, mirándolo con una mezcla de miedo y ternura, le dijo que quería una familia. Y él, brutalmente honesto, respondió que no.
“Yo no nací para eso”.
Fue una ruptura limpia. Sin gritos. Sin dramas. Dos adultos aceptando que querían cosas distintas… y aún así, Alejandro había sentido un vacío raro los primeros meses. Como cuando sales de una casa que fue tuya y de pronto no sabes qué hacer con el silencio.
⬇️Para obtener más información, continúa en la página siguiente⬇️
Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.
