Antes de mi boda, escuché a mi prometido admitir que solo quería mi dinero. Me sequé las lágrimas, caminé hacia el altar y, cuando me pidieron que dijera "Sí, quiero", dije una verdad que dejó atónitos a todos.

Cuando empezó la música, avancé con paso firme. Javier me sonrió, confiado, convencido de que todo estaba bajo control. Carmen se sentó en la primera fila, tranquila y satisfecha.

El oficiante habló. La ceremonia transcurrió fluidamente. Entonces llegó la pregunta.

“¿Aceptas a Javier como tu legítimo esposo?”

La habitación quedó en silencio.

Javier me miró expectante. Carmen asintió levemente.

Levanté la cabeza y hablé claramente.

—No. Y antes de explicarte por qué, necesito contarte algo que escuché hace una hora.

Un murmullo se extendió por la sala. Carmen frunció el ceño. El rostro de Javier palideció.

No me detuve.

Hace una hora, oí a mi prometido decir que no me ama, que se casará conmigo por mi dinero. Y oí a su madre animarlo.

Se oyeron jadeos. Algunos invitados se giraron hacia Carmen. Otros miraron a Javier con asombro.

—María, estás confundida —dijo Javier rápidamente, forzando una sonrisa—. Estás nerviosa...

—No —interrumpí—. Lo entendí perfectamente. Por eso me preparé.

Saqué un sobre blanco de mi ramo.

“Estas son copias de documentos que firmé hace dos semanas”, dije. “Un acuerdo legal que estipula que mi empresa y todos mis bienes siguen siendo míos, esté casada o no. Nada pertenecerá jamás a mi esposo”.

Javier susurró atónito: “¿Qué hiciste?”

—Lo que tenía que hacer —respondí—. Porque el amor no ve a alguien como una transacción.

 

 

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