No entró en la casa con la refinada confianza que Richard estaba acostumbrado a ver. No había una sonrisa entusiasta ni una muestra de optimismo. En cambio, lo que llevaba era algo más sereno: una calma moldeada por la pérdida. De esas que solo llegan cuando el dolor ya ha hecho lo peor.
Meses antes, Julia había enterrado a su hijo recién nacido.
Su mundo se había derrumbado en pequeños fragmentos que le permitían sobrevivir: una cuna sin usar, llantos imaginarios en la noche, habitaciones que parecían demasiado grandes y sin propósito. Sobrevivir se convirtió en su único objetivo.
Una noche, mientras revisaba ofertas de trabajo que apenas tenía fuerzas para leer, encontró el anuncio. Una casa grande. Tareas ligeras. Cuidado de un niño enfermo. No se requerían credenciales especiales, solo paciencia.
Julia no podía explicar por qué se le encogió el pecho al leerlo. Miedo, anhelo, desesperación; quizá todo. Se sentía menos como un trabajo y más como una puerta entreabierta.
Ella aplicó.
Richard la recibió con discreta cortesía, ocultando el cansancio tras la formalidad. Le explicó las reglas: límites, silencio, discreción. Julia aceptó sin dudarlo. La acompañaron a una pequeña habitación de invitados al borde de la finca, donde dejó su modesta maleta como si temiera dejar rastro.
Los primeros días transcurrieron tranquilamente.
Julia limpiaba. Organizaba. Ayudaba a las enfermeras a preparar los suministros. Abría las cortinas cada mañana. Doblaba las mantas con sumo cuidado. Nunca se apresuró a acercarse a Luna. Observaba desde la distancia, comprendiendo que hay soledad que no se puede superar demasiado pronto.
Lo que más impactó a Julia no fue el cuerpo frágil de Luna ni su cabello ralo.
Fue la ausencia.
La forma en que Luna parecía presente e inalcanzable, aquí y en un lugar completamente diferente. Julia la reconoció al instante: reflejaba el vacío que ella misma albergaba.
Así que Julia no intentó arreglar nada.
