Una promesa que no se atrevió a pronunciar su nombre

Una noche se convirtió en una semana, luego en meses. Entre turnos de niñera, citas y los incómodos comienzos de la paternidad, una cosa quedó clara. Aprendí a trenzarle el pelo rápidamente, a calmar sus miedos nocturnos y a funcionar con muy poco sueño. La primera vez que me llamó "Papá", en medio del supermercado, se me saltaron las lágrimas frente al pasillo de congelados.
La adopción no fue una decisión drástica, sino el siguiente paso lógico. Quería que supiera que había sido elegida, deseada, y que no había perdido nada: nos habíamos encontrado.
Creciendo juntos, simplemente

Los años pasaron volando. Léa creció siendo una persona vivaz, divertida y un poco testaruda. Dibujaba durante horas, suspiraba por las tareas de matemáticas y se conmovía con las causas que le importaban. Siempre le contaba su pasado con palabras sencillas, sin secretos innecesarios, convencida de que la verdad es reconfortante cuando se dice con cariño.
Por mi parte, no buscaba realmente empezar una nueva vida. Hasta aquella reunión en el trabajo con una mujer brillante y segura de sí misma. Todo parecía natural, casi sin esfuerzo. Después de unos meses, incluso imaginé un futuro juntos.
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