Acababa de dar a luz cuando pensé, ingenuamente, que lo peor había terminado.
Mi nombre es Helen Crawford. Tenía cuarenta y dos años cuando nació mi segundo hijo, y mi cuerpo estaba exhausto, adolorido, todavía temblando por el esfuerzo del parto. La habitación del hospital olía a desinfectante y metal. Las máquinas marcaban un ritmo constante, casi tranquilizador. Mi bebé dormía a mi lado, envuelto en una manta blanca, ajeno a todo.
Creí que estaba a salvo.
Entonces la puerta se abrió de golpe.
Mi hija Sophie, de dieciséis años, irrumpió en la habitación. Nunca la había visto así. Su rostro estaba pálido, sus labios temblaban, y sus manos apretaban algo contra el pecho.
—Mamá —dijo casi sin voz—. Tenemos que irnos. Ahora mismo.
Intenté incorporarme, pero el dolor me atravesó el abdomen.
—Sophie, acabo de dar a luz. ¿Qué estás diciendo?
Ella no respondió. En lugar de eso, dejó caer un papel doblado sobre mi pecho.
—Léelo. Por favor.
Mis dedos temblaron al desplegarlo. No era una factura ni un documento de alta. Era un informe interno del hospital, con sellos médicos y anotaciones técnicas. Arriba, claramente impreso, estaba mi nombre completo.
Una línea me heló la sangre:
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