Michael había desaparecido, sus solicitudes de empleo seguían siendo rechazadas, y sus padres en Kansas creían que su hija ya había forjado una vida exitosa en la ciudad, así que dejaron de enviarle apoyo. Ethan fue el único que notó sus dificultades y se quedó.
Cuando los padres de Lily anunciaron que su hija se iba a casar, todo el pequeño pueblo se llenó de chismes.
¿Una reina de belleza casándose con un obrero de la construcción?
—Debió de volverse loca después de su ruptura.
—Quizás ese rico la dejó por algo…
Incluso sus padres se sintieron humillados: habían alardeado durante años del exitoso y rico novio de su hija.
La boda fue pequeña, celebrada en la destartalada casa de Ethan, a las afueras del pueblo. Lily lloró en silencio durante toda la ceremonia, pensando que este no era el futuro que había soñado. Aun así, se dijo a sí misma: es mejor que estar sola.
Esa noche, en una habitación poco iluminada, con pintura descascarada, una cama de hierro que crujía y un armario de madera carcomido por las termitas, Lily se sentó en silencio, con el corazón pesado por el arrepentimiento.
Cuando Ethan salió a lavarse, ella echó un vistazo a la habitación y vio el viejo armario bajo la ventana. Parecía antiguo, pero estaba bellamente tallado. Por curiosidad, lo abrió y se quedó paralizada.
Dentro había una bolsa de tela gruesa y polvorienta, firmemente atada con una cuerda. Le temblaban las manos al desatarla y jadeó.
Oro.
Docenas y docenas de anillos de oro brillaban bajo la luz amarilla, llenando todo el cajón del armario. Su mente daba vueltas. ¿Cómo podía estar esto aquí? ¿Lo había robado?
Cuando Ethan regresó, la encontró mirando la bolsa con los ojos muy abiertos. Sonrió con dulzura.
—Lo encontraste —dijo en voz baja—. Te lo iba a decir mañana.
"¿De dónde salió esto?" tartamudeó Lily.
