Había vivido en Metro Manila durante tres décadas desde que llegué de Leyte. Crié sola a Marco tras el accidente marítimo de mi esposo. Lavaba ropa, vendía comestibles, trabajaba de empleada doméstica; todo para que mi hijo pudiera terminar la escuela. La casa en la que viven ahora es el resultado de veinte años de sacrificio.
Pensé que la vejez traería descanso, tal vez un poco de gratitud. Pero para mi nuera, solo era una carga.
Guardé la libreta bancaria en mi bolsillo. Luego me fui en silencio. Sin hacer ruido. Sin despedidas. Me sentía como un fantasma vagando por mi propia vida.

Un nuevo comienzo en silencio
Esa noche viajé a Laguna, donde conocí a alguien que me ayudó a encontrar un pequeño lugar para alquilar, de apenas quince metros cuadrados, pero contaba con una ventana, algunas plantas afuera y, lo más importante, paz.
No estaba enojado. No guardaba rencor. Por primera vez en mi vida, decidí vivir para mí.
Todas las mañanas, caminaba al mercado. Preparaba café y veía series de televisión en YouTube. Me uní a un grupo de abuelas que hacían zumba en la plaza. Al mediodía, leía un pequeño libro de bolsillo y, por la noche, veía películas antiguas de Nora Aunor y Vilma Santos.
Calma. Tranquilo. Sencillo.
A veces Marco llamaba, pero no contestaba. Me enviaba mensajes: «Mamá, ¿dónde estás?». Los borraba. No quería drama. No quería explicaciones.
Había dado toda mi vida. Ahora era el momento de devolverme algo.
¿Qué pasó en casa?
Pasaron dos meses.
En la casa de Ciudad Quezón, las cosas empezaron a cambiar.
Marco se volvió más callado. Denise ya no era tan dura como antes. Pero el más afectado fue mi nieto, Jio, de siete años.
Ya no era el niño alegre de antes. Comía poco y cada mañana hacía la misma pregunta:
"¿Dónde está la abuela?"
Marco y Denise nunca supieron qué decir. Pero la verdad era simple: el niño sentía el vacío.
La mano que solía posarse suavemente sobre su hombro por las noches había desaparecido. La voz que susurraba «Reza primero, hijo mío» se había desvanecido. La única persona que nunca juzgaba, que nunca pedía nada y que siempre estaba ahí, ya no estaba.
La visita
Un día, Marco no aguantó más. Fue a Leyte a visitar a mi prima Lourdes.
—Tía... es mi culpa —dijo en voz baja—. No defendí a mamá.
Lourdes le dio una palmadita en el hombro y le mostró una foto mía, con sandalias y un vestido sencillo, sonriendo mientras caminaba con otras mujeres mayores en la plaza.
—Ahora es feliz —dijo en voz baja—. Por fin.
Al día siguiente, Marco encontró el lugar que yo alquilaba. Afuera crecían flores rojas de gumamela. Un trozo de tela colgaba de un alambre. El aire olía ligeramente a comida quemada.
Toc, toc.
Abrí la puerta con un cucharón en la mano.
“Marco…”
No habló de inmediato. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
Mamá... Lo siento. Por favor, vuelve a casa. Denise y yo nos arrepentimos de todo.
