Cuatrocientos dólares no eran una cifra menor para mí. Representaban casi dos semanas de comida, la factura de la luz y un pequeño aporte para la matrícula del próximo semestre. Trabajaba como mesera en un restaurante cercano a la universidad, en un estado distinto al de mi familia, y cada centavo que sobraba lo enviaba a casa. Últimamente, ese sobrante era prácticamente todo lo que ganaba.
Una desaparición sin explicación
Cuatro meses antes, mi madre, Evelyn, había desaparecido sin dejar rastro. Era una mujer metódica, con agendas planificadas, recibos archivados en carpetas etiquetadas y llamadas dominicales puntuales a las ocho de la noche. Por eso resultaba imposible entender lo ocurrido: se había ido sin su bolso, sin su teléfono, sin sus medicamentos y sin la mayoría de su ropa. No dejó notas ni mensajes.
La policía tomó denuncias y realizó averiguaciones, pero no había indicios claros de un delito. No pudimos costear un investigador privado, así que hice lo único que estaba a mi alcance: imprimí cientos de volantes con su fotografía y los pegué en supermercados, estaciones de autobús, cafeterías, lavanderías, restaurantes y en todo el campus. Durante cuatro meses no hubo una sola llamada.
La noche que lo cambió todo
Un viernes por la noche recibí en mi sección a una pareja que celebraba su aniversario. Eran corteses, aunque el hombre revisaba su teléfono constantemente. Ordenaron ostras, filete miñón, langosta, cócteles y una botella de Burdeos. La cuenta total ascendió a 407,63 dólares.
