Tyler llevaba casi nueve años volando aviones comerciales, y de alguna manera, en todo ese tiempo, nuestro hijo Mason, de siete años, nunca había subido a uno de sus vuelos. Ese detalle lo carcomía por dentro. Cada vez que su padre preparaba la maleta de viaje, Mason lo seguía por la casa como una sombra, con la misma pila de preguntas repetidas hasta el cansancio.
—¿Hoy vuelas el avión grande, papá?
—Hoy no, campeón, pero a veces sí.
—¿Y los pasajeros saben que tú eres mi papá?
—La verdad, no.
—¿Por qué no?
Tyler siempre soltaba una risa breve y respondía lo mismo: —Tal vez algún día algunos de ellos te conozcan.
