Todavía recuerdo con exactitud lo que Noah se puso para el picnic del septuagésimo primer cumpleaños de mi padre.
Había elegido su camiseta de dinosaurios azul marino favorita, la que tenía un Triceratops estampado en el pecho.
Noé creía que la ropa era importante para las ocasiones importantes.
Tenía ocho años y afrontaba las reuniones familiares con la seriedad de alguien que se prepara para un examen.
De camino, me recordó tres veces que aparcara en la entrada de la casa en lugar de en la calle, porque el perro de un vecino a veces se escapaba por un trozo suelto de la valla.
“No les tengo miedo a los perros”, explicó. “Simplemente me gusta saber dónde están antes de que se acerquen a mí”.
Ese era Noé.
Le gustaban los planes.
Previsibilidad.
Saber lo que podría pasar antes de que sucediera.
Su terapeuta, la Dra. Anita Ramos, lo describió como una fuerte conciencia situacional combinada con la necesidad de entornos predecibles.
Sin embargo, en las reuniones familiares, eso significaba que Noé siempre trabajaba más de lo que todos se daban cuenta.
Cuando llegamos, eligió cuidadosamente un banco de madera porque había visto hormigas en el césped.
Desde el momento en que llegó, parecía decidido a hacerlo todo correctamente.
Luego vino el accidente de la limonada.
