Durante mucho tiempo, maquillarme formó parte de mi rutina diaria, casi sin pensarlo dos veces. Diez minutos por la mañana, unos productos cuidadosamente seleccionados, y estaba lista para afrontar el día. El mismo ritual los fines de semana. No era extravagante ni excesivo, solo un hábito reconfortante. Entonces, un día, se me ocurrió una idea un poco loca: ¿y si dejaba de maquillarme por completo? No para una ocasión especial, ni para un reto en redes sociales, sino en serio, en la vida real. Esta decisión aparentemente insignificante desencadenó una serie de cambios inesperados y profundamente positivos.
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Por fin cuidé mi piel, la piel real.

Antes, me centraba principalmente en disimular. Un toque de corrector por aquí, un poco de polvos por allá... sin pensar realmente en lo que mi piel necesitaba. ¿Cuidado de la piel? Lo solucionaba en unos pocos pasos rápidos, cuando siquiera me acordaba. Al dejar de usar maquillaje, me di cuenta de algo simple: mi piel se merece algo más que arreglos temporales.
Empecé a centrarme en una rutina más regular, suave y constante. Limpiar, hidratar, proteger. Nada complicado, pero con atención real. Y, sobre todo, dejé de tratar los síntomas y empecé a abordar la causa. Este cambio de perspectiva lo transformó todo.
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