15 años desaparecida — su abuelo confesó que vivían como marido y mujer 15 años desaparecida — su abuelo confesó que vivían como marido y mujer Read more

¿Para qué? Masculaba cuando Rosario insistía. Pasaba aún más tiempo en su habitación saliendo solo para comer e ir al baño. A veces Rosario lo oía toser violentamente por la noche, pero cuando iba a ver si estaba bien, él le gritaba que lo dejara en paz. Hubo momentos en los que Rosario consideró seriamente el suicidio.

Tenía pastillas suficientes guardadas de todos sus tratamientos psiquiátricos a lo largo de los años. Algunas noches las sacaba, las contaba, calculaba si serían suficientes, pero algo siempre la detenía en el último momento. Esa pequeña e irracional esperanza de que Nerea pudiera volver y la culpa insoportable de no estar allí si eso ocurría.

Así que guardaba las pastillas de nuevo y continuaba con su vida mecánica. levantarse, preparar café, sentarse en el sofá, ver televisión sin realmente verla, preparar algo de comida, acostarse día tras día, año tras año. En 2013, 10 años después del desaparecimiento, hubo una pequeña concentración en el parque del barrio para recordar a Nerea.

Existieron unas 20 personas, la mayoría activistas de asociaciones de personas desaparecidas que ni siquiera conocían personalmente a la familia. Rosario no pudo siquiera pronunciar las palabras que había preparado. Rompió a llorar en cuanto vio la pancarta con la fotografía de su hija.

Esa fotografía que se había vuelto tan icónica, tan impersonal con el paso de los años. Sebastián no asistió diciendo que estaba muy cansado. Los investigadores de la Guardia Civil nunca abandonaron completamente el caso. Cada cierto tiempo, cuando surgía una nueva tecnología o metodología, revisaban las evidencias.

En 2014 reexaminaron el piso de los campos con nuevos equipos de detección, buscando rastros de sangre o signos de violencia que pudieran haber pasado desapercibidos en 2003. No encontraron nada. La habitación de Nerea seguía intacta. Un santuario polvoriento a una niña que ahora si vivía tendría 22 años.

Algunos de los guardias civiles que habían trabajado en el caso original se habían jubilado. Otros seguían en activo y el caso Campos era para ellos ese que nunca pudieron resolver, el que los perseguía. José Manuel Fuentes, que había interrogado a Sebastián ese primer día, revisaba periódicamente el expediente buscando algo que se les hubiera escapado.

Había algo en ese abuelo, le decía a sus compañeros más jóvenes, algo que no encajaba, pero nunca pudimos probarlo. Y con los años empecé a dudar de mi propia intuición. A veces el cerebro busca patrones donde no los hay. La teoría más extendida entre los investigadores era que Nerea había sido secuestrada por alguien en esos 100 met entre la panadería y su portal.

Quizás alguien con un coche que la había visto sola la había abordado con alguna excusa y se la había llevado. El hecho de que el pan y el periódico estuvieran en casa era el único elemento que no encajaba con esta teoría. Pero se especulaba que quizás Nerea había ido primero a casa. Había dejado la compra rápidamente sin que Sebastián se diera cuenta.

Quizás estaba en el baño y luego había vuelto a salir. Pero esta teoría tenía sus puntos débiles. ¿Por qué Sebastián no había mencionado que la niña había entrado, dejado el pan y salido de nuevo? ¿Por qué insistir en que habían comido juntos? Y si realmente habían comido juntos, ¿cómo encajaba eso con la supuesta salida posterior a casa de una amiga? Otra teoría más oscura era que Sebastián sabía más de lo que decía, que quizás había visto algo desde la ventana o había oído algo, pero por alguna razón no quería hablar. Quizás, especulaban algunos, sentía culpa por no haber

protegido a su nieta, por haberla dejado salir sola. Pero esto tampoco explicaba por qué mentir sobre haber comido juntos o por qué inventar la historia de la amiga del colegio. En 2015, Rosario sufrió un pequeño infarto. Pasó una semana en el hospital y cuando volvió a casa estaba aún más débil, moviéndose con dificultad, medicada hasta las cejas.

Sebastián, ahora con 80 años y cada vez más deteriorado físicamente, apenas podía cuidarse a sí mismo, mucho menos a otra persona. Una asistente social intentó que Rosario aceptara ayuda domiciliaria, pero ella se negó. “No quiero extraños en casa, decía. No quiero que toquen las cosas de Nerea.” El piso se convirtió en un lugar cada vez más sombrío.

Las cortinas permanecían cerradas. Casi siempre el olor a humedad, a comida recalentada, a abandono, se pegaba a las paredes. Los vecinos, cuando pasaban por delante de la puerta del tercero, aceleraban el paso como si la tragedia fuera contagiosa. En 2016, 13 años después del desaparecimiento, Rosario fue diagnosticada con diabetes tipo 2.

Su estado de salud general era tan precario que los médicos le advirtieron que si no cambiaba sus hábitos, comía mal, no hacía ejercicio, apenas salía de casa. Su expectativa de vida se reducirían drásticamente, pero Rosario parecía no importarle. Quizás, en el fondo, no quería vivir mucho más. Solo seguía viva por esa absurda, persistente, torturadora esperanza de que su hija pudiera volver.

Sebastián, mientras tanto, se había vuelto cada vez más extraño. A veces hablaba de Nerea como si acabara de verla. “Nerea me ha preparado la comida hoy.” Le decía a Rosario que al principio se alarmaba, pensando que su suegro había perdido la razón. Luego se dio cuenta de que Sebastián simplemente estaba confundiendo el pasado con el presente, que su mente octogenaria mezclaba los recuerdos de cuando Nerea vivía allí con el presente vacío.

O al menos eso era lo que Rosario pensaba. En 2017, 14 años después, la Guardia Civil revisó el caso una vez más como parte de una iniciativa nacional para revisar todos los casos de menores desaparecidos con nuevas tecnologías de análisis de datos. Un equipo de tres investigadores jóvenes que no habían estado involucrados en la investigación original.

Leyeron todo el expediente, entrevistaron de nuevo a testigos y utilizaron software de reconocimiento facial para buscar a Nerea en bases de datos de toda Europa. No encontraron nada nuevo, pero uno de los investigadores, la agente Carolina Blasco, quedó intrigada por un detalle del caso.

En la declaración original de Sebastián, él había dicho que Nerea se fue después de comer a casa de una amiga. Pero los vecinos que fueron interrogados en 2003 no recordaban haber visto a Nerea salir del edificio por la tarde. En un edificio como ese, con vecinos que pasaban mucho tiempo en casa por el calor del verano, era estadísticamente raro que absolutamente nadie la hubiera visto salir.

Carmen Ortiz la había visto bajar por la mañana, pero nadie la vio subir después de comprar el pan y nadie la vio volver a bajar por la tarde. Carolina Blasco presentó esta observación a sus superiores, sugiriendo que quizás valía la pena reinterrogar a Sebastián ahora con 82 años. Pero sus superiores decidieron que después de tanto tiempo y con el estado de salud del anciano era poco probable que se obtuviera nueva información.

El caso volvió a archivarse como sin resolver y así llegó el año 2018. 15 años después de aquel 23 de junio en que Nerea Campos salió a comprar pan y nunca volvió. Rosario tenía ahora 49 años, pero aparentaba 20 más. Sebastián con 82 seguía vivo contra todo pronóstico, encerrado en su habitación la mayor parte del tiempo. Y en algún lugar del mundo, teóricamente, Nerea tendría 26 años, una mujer adulta que quizás había construido una vida nueva o quizás nunca tuvo la oportunidad de crecer.

¿Qué había pasado realmente con Nerea Campos? En 15 años nadie había encontrado una respuesta, pero eso estaba a punto de cambiar de la forma más perturbadora imaginable. El 14 de marzo de 2018, un miércoles por la tarde, Sebastián Ruiz sufrió un infarto fulminante. Estaba en su habitación solo cuando ocurrió.

Rosario lo encontró tres horas después, cuando fue a llamarlo para cenar y no obtuvo respuesta. abrió la puerta de su habitación, que habitualmente estaba cerrada con llave desde dentro, y lo encontró tirado en el suelo junto a su cama, con el rostro púrpura y los ojos abiertos, sin vida. Rosario llamó al 112, pero los paramédicos que llegaron 20 minutos después confirmaron que Sebastián llevaba muerto probablemente desde el mediodía.

Tenía 82 años, una larga historia de problemas cardíacos sin tratar y había muerto de forma rápida, probablemente sin mucho sufrimiento. El médico forense que acudió para certificar la muerte determinó que no había nada sospechoso. Era simplemente un anciano con múltiples factores de riesgo que había sufrido un infarto masivo. Rosario sintió nada, o quizás demasiadas cosas mezcladas para identificar una emoción concreta.

Ese hombre había sido el suegro de su exmarido, el abuelo de su hija desaparecida, su compañero de piso durante 18 años, el último testigo de los últimos momentos de Nerea y ahora estaba muerto. No sentía tristeza exactamente, tampoco alivio, solo un entumecimiento extraño, como si su capacidad para sentir se hubiera agotado hacía años.

El funeral fue discreto, casi vacío. Asistieron tres o cuatro vecinos antiguos del edificio, un primo lejano de Sebastián, que apareció desde Murcia, y sorprendentemente José Manuel Fuentes, el guardia civil jubilado que nunca había podido olvidar el caso Campos. Antonio Ruiz, el hijo de Sebastián y padre de Nerea, llamó desde Barcelona diciendo que no podría asistir por problemas de salud.

Sebastián fue incinerado, como había especificado en un testamento muy simple que dejó en un cajón de su habitación, junto con instrucciones básicas sobre dónde esparcir sus cenizas. En cualquier campo cerca de Albacete le daba igual. Después del funeral, Rosario tuvo que enfrentarse a vaciar la habitación de Sebastián.

Durante 15 años esa habitación había permanecido cerrada la mayor parte del tiempo, territorio privado del anciano. Rosario apenas había entrado allí solo ocasionalmente para limpiar superficialmente o cambiar las sábanas cuando Sebastián se lo permitía, que era raramente. Dos días después del funeral, el 18 de marzo de 2018, Rosario abrió la puerta de la habitación de Sebastián con la intención de empezar a ordenar sus pertenencias.

La habitación era pequeña, sin ventanas, como había sido originalmente un cuarto de costura, una cama individual, un armario viejo de madera, una mesita de noche con lámpara, una silla, las paredes pintadas de un color beige apagado con manchas de humedad en las esquinas. Olía acerrado a vejez, a una persona viviendo en un espacio demasiado pequeño.

Rosario comenzó con el armario. Ropa vieja. La mayoría desgastada y manchada, decidió tirarlo casi todo, excepto un par de camisas que parecían en buen estado y que podría donar a Cáitas. En los cajones del armario encontró documentos, el DNI de Sebastián, algunas fotografías muy viejas de cuando estaba casado con Amparo, cartas amarillentas de décadas atrás.

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