que había llegado a Albacete en la ola migratoria de finales de los 90. El estanco lo llevaba Paco, un hombre de unos 60 años que conocía a todo el mundo y comentaba las noticias del día con quien quisiera escucharlo. Había un pequeño supermercado día, un locutorio desde donde los inmigrantes latinoamericanos llamaban a sus familias y un bar donde los hombres mayores jugaban al dominó por las tardes.
calles olían a una mezcla de comida frita, tabaco y el aroma dulzón del jazmín que trepaba por algunas fachadas. Nerea tenía una rutina bastante establecida. Por las mañanas veía la televisión o leía. Le gustaban especialmente los libros de aventuras de la biblioteca municipal que visitaba una vez a la semana.
A mediodía, cuando el calor apretaba más, preparaba un almuerzo sencillo para ella y su abuelo. Tortilla de patatas, ensalada, macarrones con tomate, platos básicos que había aprendido a cocinar viendo a su madre. Por las tardes a veces bajaba al parque cercano para sentarse en los columpios, aunque casi nunca se columpiaba, simplemente se sentaba allí con un libro, balanceando ligeramente las piernas.
Su madre llegaba sobre las 7:30 de la tarde cansada y juntas preparaban la cena mientras Sebastián seguía en el sofá. Lo que nadie sabía, lo que absolutamente nadie en ese edificio o en ese barrio podía imaginar, era que bajo esa apariencia de normalidad rutinaria, en el piso de los campos se estaba gestando algo oscuro, algo que había comenzado de forma tan sutil e insidiosa que incluso años después los expertos en psicología forense tendrían dificultades para identificar exactamente cuándo y cómo había en pez. Ado, el lunes 23 de junio de 2003
amaneció con un cielo completamente despejado. La temperatura a las 8 de la mañana ya marcaba 26 gr y los meteorólogos anunciaban que se superarían los 39 ºC por la tarde. Era el segundo día de las vacaciones escolares de verano y Nerea se había levantado temprano, como era su costumbre, incluso sin tener que ir al colegio.
Rosario salió de casa a las 8:20, como cada día laboral. Antes de irse, dejó 20 € sobre la mesa de la cocina. “Nerea, cariño”, le dijo mientras se ponía los zapatos de tacón bajo que usaba para la oficina. “Hoy hace mucho calor. Compra algo para comer que no haya que cocinar mucho, ¿vale? Unos fiambres, tomate, lo que quieras y cómprate algo para ti, un helado o lo que te apetezca.
” Nerea asintió desde el sofá, donde estaba viendo los dibujos animados de la mañana en Tele5. Sebastián aún no se había levantado de su habitación. Sobre las 11 de la mañana, Sebastián salió de su cuarto. Llevaba una camiseta blanca de tirantes que dejaba ver sus brazos musculosos a pesar de la edad, y un pantalón de chándal gris. Se sirvió un café de la cafetera que Nerea había preparado, añadiendo cuatro cucharadas de azúcar.
Como siempre, se sentó en su lugar habitual del sofá, el lado derecho junto a la ventana, y encendió el televisor. En la primera de TBE daban un programa de reportaje sobre la naturaleza. Nerea, dijo Sebastián sin apartar la vista del televisor. Tu madre te ha dejado dinero. Sí, abuelo respondió ella desde su habitación, donde estaba ordenando sus libros del colegio en una estantería.
Pues baja por el pan que se nos ha acabado y trae también el periódico. Nerea apareció en el salón. Llevaba una camiseta rosa claro con un estampado de Minnie Mouse, unos pantalones cortos vaqueros y unas zapatillas deportivas blancas de imitación. Su pelo rizado estaba recogido en una coleta alta.
Cogió los 20 € de la mesa de la cocina y los metió en el bolsillo de su pantalón. ¿Cuántas barras?, preguntó. Dos, respondió Sebastián. Y el ABC. Eran las 11:45 de la mañana cuando Nerea salió del piso. Carmen Ortiz, la vecina del segundo, la vio bajar las escaleras. Buenos días, Nerea. Le saludó. Buenos días, respondió la niña con su voz suave.
Carmen recordaría más tarde ese saludo como algo completamente normal, sin ningún indicio de nerviosismo o preocupación en el rostro de la niña. La panadería estaba a poco más de 100 m del portal, girando a la derecha en la esquina y caminando hasta la siguiente manzana. Era el recorrido que Nerea había hecho cientos de veces, prácticamente todos los días durante los últimos años.
El trayecto normalmente le llevaba menos de 5 minutos en total, contando con hacer la cola y volver. A las 12:10, Marcela Torres, la mujer ecuatoriana que atendía la panadería, vio entrar a Nerea. Recordaría el momento con claridad porque acababa de mirar el reloj, esperando poder cerrar a las 2 para comer. “Hola, Nerea”, saludó Marcela con su acento característico.
“Hola, respondió la niña. Dos barras de pan, por favor.” Marcela cogió dos barras de la cesta, las metió en una bolsa de papel. Algo más. Mi niña, el periódico A B C. Marcela le dio el periódico. Son 2,50. Nerea sacó un billete de 5 € del bolsillo. Marcela le devolvió 2,50timos en monedas. Que tengas buen día, dijo Marcela.
Nerea asintió y salió de la panadería. Eso fue lo último que alguien, aparte de su abuelo, vio de Nerea Campos durante 15 años. A las 2:15 de la tarde, Rosario Campos regresó a casa para comer, como hacía todos los días en su pausa del mediodía. Subió las escaleras hasta el tercer piso, abrió la puerta con sus llaves y entró.
“Hola”, llamó mientras dejaba el bolso en la entrada. No hubo respuesta. Sebastián estaba sentado en el sofá viendo las noticias de las dos en TVE. Un plato con restos de tortilla y ensalada descansaba sobre la mesita de café delante de él. ¿Dónde está, Nerea?, preguntó Rosario, extrañada de no ver a su hija.
Sebastián tardó un momento en responder, como si estuviera muy concentrado en la televisión. Ha salido, dijo finalmente. Salido. ¿A dónde? Rosario sintió una primera puntada de inquietud. Nerea nunca salía sin avisar. No lo sé. me dijo que iba a casa de una amiga. Sebastián seguía sin mirar a Rosario, sus ojos fijos en la pantalla. De una amiga.
¿Qué amiga? Rosario entró en el salón, su voz subiendo ligeramente de tono. Nerea no tenía muchas amigas y nunca había mencionado que fuera a ir a casa de ninguna. No me dijo el nombre. Una del colegio, respondió Sebastián con un tono de indiferencia que a Rosario le pareció extraño, pero en ese momento estaba demasiado preocupada para analizarlo.
Rosario fue directamente a la habitación de Nerea. La cama estaba hecha, los libros ordenados en la estantería, todo en su lugar habitual. Abrió el armario. La ropa de su hija seguía allí colgada y doblada. Nada parecía faltar. Volvió al salón. ¿A qué hora se fue?, preguntó intentando mantener la calma. No lo sé, Rosario. No estoy pendiente del reloj después de comer, supongo.
Sebastián finalmente la miró con expresión molesta por el interrogatorio. “¿Le diste permiso para ir?” La voz de Rosario temblaba. Ahora no me pidió permiso, simplemente dijo que se iba y se fue. Ya tiene 11 años, no es una bebé. Rosario sintió como el pánico comenzaba a crecer en su pecho. Fue al teléfono fijo del pasillo y empezó a marcar números.
Llamó a las madres de las dos únicas niñas con las que Nerea había jugado alguna vez en el parque. Ninguna de ellas había visto a su hija. Llamó a su hermana, que vivía en el barrio de al lado, pero tampoco sabía nada. Con cada llamada sin respuesta positiva, el miedo se intensificaba. A las 3 de la tarde, cuando Rosario tendría que haber vuelto al trabajo, llamó a su jefa para decirle que no podría regresar, que su hija había desaparecido.
A las 3:30, después de bajar a preguntar a todos los vecinos del edificio y recorrer el parque y las calles cercanas gritando el nombre de Nerea, Rosario Campos llamó a la Guardia Civil. La primera patrulla llegó a las 4:15. Dos guardias civiles, un hombre de unos 40 años y una mujer más joven, subieron al piso y tomaron la declaración inicial. Sebastián repitió su versión.
Nerea había dicho que iba a casa de una amiga después de comer sobre las 2 men4 y se había marchado. No, no había dicho qué amiga ni dónde vivía. No, no le había parecido raro porque Rosario le había dado dinero por la mañana y pensó que tenía permiso para salir. Sí, la niña había comprado el pan por la mañana y había vuelto sin problema.
Habían comido juntos tortilla y ensalada y después ella se había ido. Los guardias civiles preguntaron si Nerea tenía algún motivo para fugarse. Rosario, entre lágrimas, explicó que no, que era una niña obediente, buena estudiante, sin problemas aparentes, problemas familiares. El divorcio había sido años atrás.
El padre apenas tenía contacto. Novios, no. Nerea solo tenía 11 años. Era una niña, amigos con los que pudiera estar. Ya había llamado a todas las personas que se le ocurrían. Tomaron nota de la descripción de Nerea. 11 años, aproximadamente 1,50 de altura, delgada, pelo castaño rizado hasta los hombros, ojos marrones, llevaba una camiseta rosa con dibujo de Minnie Mouse, pantalones cortos vaqueros, zapatillas deportivas blancas.
Una descripción que durante los siguientes días aparecería en todos los periódicos de Castilla la Mancha y se emitiría en los telediarios nacionales. La Guardia Civil activó el protocolo para menores desaparecidos. Se organizaron batidas de búsqueda en los parques cercanos, en los descampados de las afueras de Albacete, en el pequeño río Júcar, que pasaba por las afueras de la ciudad.
Se interrogó a vecinos, comerciantes, a cualquier persona que pudiera haber visto algo. Marcela Torres, de la panadería, confirmó que Nerea había comprado pan sobre las 12:10, que parecía normal, que se había marchado con el pan y el periódico en dirección a su casa, pero nadie más la había visto después de salir de la panadería.
ningún vecino, ningún comerciante, ningún transe, como si Nerea hubiera caminado esos 100 m de vuelta y se hubiera desvanecido en el aire antes de llegar al portal de su edificio, excepto que el pan y el periódico estaban en la cocina del piso cuando Rosario llegó, Sebastián había comido su tortilla sobre la barra del ABC y las dos barras de pan estaban en la panera.
Así que Nerea sí había llegado a casa, había entrado al piso, había dejado la compra, había comido con su abuelo y después, según Sebastián, había salido hacia una casa desconocida de una amiga sin nombre. Durante los primeros días, la investigación se centró en las hipótesis más comunes: secuestro por un desconocido, fuga voluntaria, accidente.
Se revisaron las cámaras de seguridad de los comercios cercanos, pero en 2003 muy pocos establecimientos en esa zona de Albacete tenían cámaras y las pocas que existían no cubrían la ruta entre la panadería y el edificio de los campos. Se entrevistó exhaustivamente a Antonio Ruiz, el padre de Nerea, que vivía en Barcelona. Su coartada era sólida.
Estaba trabajando ese día en una empresa de mudanzas con múltiples testigos que confirmaban su presencia. Además, hacía más de un año que no veía a su hija. Se interrogó repetidamente a Sebastián. Su historia nunca varió. Nerea había vuelto de comprar el pan. Habían comido juntos. Ella había dicho que iba a casa de una amiga del colegio y se había ido.
No, no recordaba exactamente qué palabras había usado. No, no le había preguntado más detalles porque no le pareció raro. No, no había oído nada extraño, ni gritos, ni forcejeos. Sí, estaba seguro de la hora aproximada porque después de que Nerea se fuera, él se había quedado viendo la televisión y recordaba que empezó la telenovela de las dos.
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