15 años desaparecida — su abuelo confesó que vivían como marido y mujer 15 años desaparecida — su abuelo confesó que vivían como marido y mujer Read more

El 23 de junio de 2003, en un tranquilo barrio de Albacete, una niña de 11 años llamada Nerea Campos salió de su casa para comprar pan en la panadería de la esquina. Nunca regresó. Durante 15 años, su familia vivió con la agonía de no saber qué había pasado con ella.

La policía siguió cada pista, interrogó a vecinos, rastreó bosques cercanos, pero Nerea parecía haberse desvanecido en el aire. Hasta que en 2018 una llamada anónima a la Guardia Civil reveló algo que nadie, absolutamente nadie, había imaginado. Lo que descubrieron los investigadores no solo conmocionó a toda España, sino que cuestionó todo lo que creíamos saber sobre los lazos familiares y los secretos que pueden ocultarse durante años bajo el mismo techo.

¿Cómo es posible que una niña desaparecida estuviera tan cerca todo este tiempo? Antes de continuar con esta historia perturbadora, si aprecias casos misteriosos reales como este, suscríbete al canal y activa las notificaciones para no perderte ningún caso nuevo. Y cuéntanos en los comentarios de qué país y ciudad nos están viendo.

Tenemos curiosidad por saber dónde está esparcida nuestra comunidad por el mundo. Ahora vamos a descubrir cómo empezó todo. Albacete situada en la región de Castilla la Mancha. es una ciudad de tamaño medio que en 2003 contaba con aproximadamente 150,000 habitantes. Conocida por su producción de cuchillería y por ser un importante nudo de comunicaciones ferroviarias, la ciudad había experimentado un crecimiento moderado durante las décadas anteriores.

 

El barrio donde vivía la familia Campos era una zona residencial construida en los años 80 con edificios de ladrillo visto de cuatro o cinco plantas, pequeños comercios de proximidad y calles relativamente tranquilas donde los niños aún jugaban en las aceras. La familia Campos vivía en un piso de tres habitaciones en la tercera planta de uno de estos edificios.

Rosario Campos, la madre de Nerea, tenía 36 años en 2003 y trabajaba como auxiliar administrativo en una gestoría del centro de la ciudad. Era una mujer menuda de cabello castaño oscuro, siempre recogido en una coleta práctica, con profundas ojeras que revelaban años de cansancio acumulado. Había criado sola a Nerea desde que su marido, Antonio Ruiz, los abandonara cuando la niña tenía apenas 2 años.

Antonio se había marchado con otra mujer a Barcelona y desde entonces solo había llamado esporádicamente enviando cantidades irregulares de dinero que nunca alcanzaban para cubrir las necesidades básicas. Nerea era una niña delgada y alta para su edad, con el mismo cabello castaño de su madre, pero rizado, heredado de su padre. Tenía 11 años, recién cumplidos ese junio de 2003 y acababa de terminar sexto de primaria en el colegio público de la zona.

Era una estudiante aplicada, pero reservada, con pocos amigos en clase. Su profesora, Mercedes Sánchez la describía como una niña madura para su edad, responsable, pero con cierta tristeza en la mirada que no correspondía a alguien tan joven. Nerea, ayudaba mucho en casa. Ponía la lavadora, preparaba la cena algunas noches cuando su madre llegaba tarde del trabajo y cuidaba de su abuelo paterno, Sebastián Ruiz, que vivía con ellas desde hacía 3 años.

Sebastián tenía 68 años en 2003. Era un hombre corpulento, de espaldas aún anchas a pesar de su edad, con manos grandes y callosas de toda una vida trabajando en la construcción. Su rostro curtido por el sol mostraba profundos surcos alrededor de los ojos y la boca. Había enviudado en el año 2000, cuando su esposa Amparo, falleció de cáncer de páncreas tras una breve, pero devastadora enfermedad.

Después de la muerte de Amparo, Sebastián había caído en una depresión profunda, dejando de comer, de asearse, de responder al teléfono. Antonio, su hijo, vivía en Barcelona y apenas mantenía contacto. Así que fue Rosario quien, a pesar de que técnicamente era su exuegro, decidió acogerlo en su casa. No podía dejarlo solo, explicaría más tarde a los vecinos.

era el abuelo de Nerea y ella lo quería mucho. La convivencia en el piso era tensa, pero funcional. Sebastián dormía en lo que había sido el cuarto de costura. Una habitación pequeña sin ventanas quedaba al pasillo. Pasaba la mayor parte del día sentado en el sofá del salón, viendo la televisión o mirando por la ventana que daba a la calle.

A veces farfullaba comentarios sobre los jóvenes de ahora o lo mal que estaba el país, pero generalmente era un hombre silencioso que comía lo que le ponían delante y apenas salía de casa. Rosario trabajaba de lunes a viernes de 9 de la mañana a 2 de la tarde y luego de 4 a 7 de la tarde el horario partido típico de muchas oficinas españolas de la época.

Durante esas horas, Nerea se quedaba con su abuelo. El verano de 2003 había llegado con el calor aplastante característico de Castilla la Mancha, donde las temperaturas podían superar fácilmente los 38 ºC a mediodía. En el piso de los campos no había aire acondicionado, solo un ventilador de pie que Rosario movía de habitación en habitación según la necesidad.

Nerea había terminado el colegio el 20 de junio y su madre estaba intentando organizarle un campamento de verano barato para que no pasara julio entero encerrada en casa con el calor y con su abuelo. Pero el dinero era escaso ese mes y parecía que Nerea tendría que quedarse en Albacete. Los vecinos del edificio conocían a la familia Campos de Vista con ese nivel de familiaridad superficial típico de los bloques de pisos españoles.

Carmen Ortiz, que vivía en el segundo piso, describía a Rosario como una mujer trabajadora, siempre con prisas, pero educada. De Nerea decía que era una niña muy formal, siempre con la espalda recta. Nunca la veías corriendo o gritando como otros críos del barrio. Sobre Sebastián, las opiniones eran más variadas.

Algunos lo veían como un pobre viejo abandonado por su familia, mientras que otros, como Javier Lozano del cuarto piso, comentaban que había algo en su mirada que no me acababa de gustar, aunque no sabría decir exactamente qué. El barrio en sí era un microcosmos típico de la España de principios de los 2000. La panadería donde compraban el pan cada día era regentada por una familia ecuatoriana.

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