Esa noche, alquilé una pequeña habitación en Tacoma.
Las paredes estaban agrietadas, la puerta de hierro crujía con el viento, pero por primera vez en años, sentí paz.
Se acabaron los pedidos. Se acabó cocinar para una "gran familia".
Solo yo, y mi propia libertad.
Tres meses después, el agente me dijo que la venta estaba cerrada.
No volví a pedir nada.
Porque ya me había llevado lo más preciado: mi autoestima.
La lección
Mark todavía me llama y me manda mensajes.
Dice que me extraña.
Cada vez que los leo, sonrío con tristeza.
No me extraña.
Extraña a la mujer que se quedó callada, que le cedió su espacio para que él se sintiera cómodo.
Pero esa mujer se fue.
Desapareció el día que dejó que seis huellas dactilares reemplazaran su valor.
No me fui porque perdí.
Me fui porque me negué a vivir en un lugar donde ya no era dueño de mi propia vida.
Algunas puertas, una vez abiertas por las personas equivocadas,
solo pueden cerrarse para siempre,
si alguna vez quieres encontrar la libertad nuevamente.
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